[0242] • PÍO IX, 1846-1878 • PERPETUA E INDISOLUBLE FIRMEZA DEL VÍNCULO MATRIMONIAL

De la Carta Verbis exprimere, a los Obispos de Fvagvaras, y Alba Iulia (Rumanía), 15 agosto 1859

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[1.–][...] Entre otros puntos no os olvidéis de exponer e inculcar a los fieles confiados a vuestros cuidados la doctrina de la Iglesia católica sobre el matrimonio y sobre su vínculo indisoluble. Nadie de vosotros ignora que, según la doctrina de la Iglesia Católica, el matrimonio contraído puede ser disuelto, antes de su consumación, por la profesión religiosa de uno de los cónyuges o por una dispensa canónica que no puede ser concedida más que por el Sumo Pontífice, y que sólo se concede rarísimas veces y por motivos muy graves. Asimismo, sabéis muy bien que esta misma Iglesia enseña clarísimamente, siguiendo la doctrina del Evangelio y de los Apóstoles, que el vínculo matrimonial no puede ser disuelto nunca por un cónyuge, ni a causa del adulterio cometido por el otro, ni a causa de su caída en la herejía, de sus ausencias fingidas, o de dificultades de la vida común. Antes, al contrario, la Iglesia afirma que este vínculo permanece perpetuamente firme e indisoluble, conforme a la palabra de Adán (que es tan conocida, y que fue pronunciada por inspiración divina), conforme a la revelación de Cristo Nuestro Señor, y conforme a las palabras de los Apóstoles y de la Tradición de la Iglesia: autoridades –todas ellas– que os son perfectamente conocidas.

Esta firmeza perpetua e indisoluble del vínculo matrimonial no tiene su origen en la disciplina eclesiástica. Con respecto al matrimonio consumado, la indisolubilidad se halla fundada hasta tal punto lo mismo sobre el derecho divino que sobre el derecho natural, que semejante matrimonio, sea por el motivo que sea, no puede ser jamás disuelto, ni siquiera por el mismo Sumo Pontífice, y ni aun en el caso de que uno de los cónyuges hubiera violado –por un adulterio– la fe conyugal.

Así, pues, vuestra autoridad sacerdotal y vuestro celo episcopal por la defensa y difusión de la doctrina católica, nada debe tomar tan a pecho como la tarea de conseguir que los fieles confiados a vuestros cuidados profesen y observen estas verdades. Si en vuestras diócesis hubiera algunos que pensasen erróneamente en este punto, y creyeran que el matrimonio puede ser disuelto por causa de adulterio: tendréis que emplear todo vuestro empeño, vuestra autoridad, vuestra vigilancia –con prudencia pero con constancia– para arrancar de sus almas y eliminar totalmente este error que es diametralmente opuesto a la doctrina católica. Comprenderéis perfectamente –con vuestra sabiduría– que, para una obra de esta importancia, hay que vencer –con toda paciencia y doctrina– todas las dificultades que pudieran presentarse, de cualquier orden que sean. Pues se trata de una verdad, divinamente revelada, y que todos los hijos de la Iglesia están obligados a profesar y guardar firmemente. Por consiguiente, a todos los que vinieran a presentaros dificultades de este género, exponed claramente, explicad, inculcad la doctrina de la Iglesia en esta materia, con toda vuestra solicitud episcopal, con todo vuestro celo y vuestra ciencia. Mostrad, al mismo tiempo, que esas dificultades no pueden contradecir a esta doctrina ni oponerse a ella.

[EM, 102-104]

[1–][...] Atque inter alia ne omittatis fidelibus vestrae vigilantiae concreditis assidue et accurate tradere, atque inculcare catholicae Ecclesiae de Matrimonii Sacramento, deque indissolubili Matrimonii vinculo doctrinam. Neminem enim Vestrum latet iuxta catholicae Ecclesiae doctrinam fidelium matrimonium ratum ante consummationem posse dissolvi per solemnem alterutrius coniugis in aliqua probata Religione professionem, vel per canonicam dispensationem, quae a Romano tantum Pontifice concedi potest, quaeque nonnisi ex gravissimis causis rarissime indulgetur. Atque etiam optime nostis, eamdem Ecclesiam iuxta Evangelicam et Apostolicam doctrinam luculenter docere, matrimonii vinculum propter alterius coniugum adulterium, vel propter haeresim, aut molestam cohabitationem, aut affectatam absentiam a coniuge nunquam posse dissolvi, sed perpetuo firmum, et indissolubile permanere ex notissima inspirati Adae sententia, et Christi Domini oraculo, atque Apostoli verbis, et Ecclesiae traditione, quae omnia Vos apprime scitis. Quae quidem perpetua, atque indissolubilis matrimonialis vinculi firmitas, non ex ecclesiastica disciplina profluens, tanta est in matrimonio consummato, tum ex divino, tum ex naturali iure, ut nullam ob causam ne ab ipso quidem Romano Pontifice dissolvi unquam possit, etiamsi ab alterutro coniugum fides coniugalis adulterio frangatur. Quocirca, Venerabiles Frates, pro sacerdotali vestra virtute, et episcopali vestro in catholica doctrina tuenda ac propugnanda studio nihil Vobis potius sit, quam studiosissime curare, ut fideles Vobis traditi haec recte addiscant, ac sedulo profiteantur, et servent. Quod si in vestris Dioecesibus aliqui existant, qui perperam arbitrentur, matrimonii vinculum adulterii causa posse dissolvi, omnis a Vobis cura, vigilantia, auctoritas prudenter, constanterque est adhibenda, ut tam perniciosus, et catholicae doctrinae vel maxime contrarius error ex illorum animis radicitus evellatur, et penitus eliminetur. Ac pro vestra sapientia probe intelligitis, Venerabiles Fratres, in tanti momenti re omnes cuiusque generis difficultates, si forte obiiciantur, esse omnino in omni patientia et doctrina vincendas, cum agatur de catholica veritate divinitus revelata, quam omnes catholicae Ecclesiae filii firmiter profiteri, ac servare tenentur. Quare iis omnibus qui huiusmodi difficultates Vobis forsitan afferre voluerint pro episcopali vestra sollicitudine, zelo, ac scientia catholicae Ecclesiae de hac re doctrinam clare aperteque exponite, explicate, inculcate, ac simul ostendite, difficultates ipsas nullo modo contra catholicam hanc veritatem admitti, et opponi unquam posse.

[Pii IX Acta 3, 99-101]

 

© Javier Escrivá-Ivars y Augusto Sarmiento. Universidad de Navarra. http://www.unav.es/matrimonioyfamilia