[1271] • JUAN PABLO II (1978-2005) • LA FAMILIA, AL SERVICIO DE LA VIDA Y DE LA CIVILIZACIÓN DEL AMOR

De la Homilía en la Misa para las Familias, Cali (Colombia), 4 julio 1986

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4. A impulsos del aliento salvífico de esta bendición, los hombres son llamados a hacer de su vida en la tierra un servicio a la civilización del amor, como nos ha dicho hoy San Pablo: “Ceñíos el amor mutuo, que es el cinturón perfecto” (19).

La función de la familia es precisamente ésta: consagrarse al servicio del amor y de la vida, y consiguientemente actuar en pro de la vida y del amor.

En efecto, el matrimonio, en cuanto comunidad querida por Dios mismo (20), no se agota en un mero intercambio del consentimiento con valor humano y jurídico. Tanto el matrimonio, como la familia que de él nace, es una realidad que hunde sus raíces en los designios de Dios, expresión de su amor y de su poder creador. De ahí que el hombre y la mujer, al unir para siempre sus vidas, concreción de su “ser a imagen de Dios”, no pueden aprobar ingerencias extrañas a su fe, que mermen las exigencias del pacto de amor conyugal, el cual, incluso públicamente, ha de ser único y exclusivo, si de veras se quiere vivir con plena fidelidad al designio del Creador (21).

Así como Dios se realiza en el amor recíproco de las tres Personas de la Santísima Trinidad, así también el matrimonio y la familia deben ser comunidad de amor entre los cónyuges y los hijos.

De un matrimonio, de una familia fuerte y unida, donde esté presente el amor cristiano en toda su riqueza (22), cabe esperar una contribución efectiva a la civilización del amor: de un amor que tiene primariamente su expresión en el hogar, donde se vive como un solo corazón y una sola alma (23); de un amor que es como el vino nuevo para la vocación de los esposos: Si todos están volcados en el amor, alimentado en la conversación con Dios y revestido de compasión, de bondad, de dulzura y longanimidad (24), existirá también alegría serena, profunda y madura.

Se puede decir por tanto que, “desde el principio”, y más aún en conformidad con el mensaje de Cristo, la familia ha sido querida por Dios para ser radicalmente una comunidad al servicio del amor y de la vida.

Éste y no otro, hay que repetirlo, es el plan de Dios, que la Iglesia respeta y obedece, buscando por todos los medios fortalecer el amor y la unidad de la familia en servicio a la vida, a la sociedad, y sobre todo a la dignidad de los esposos y de sus hijos.

Como ya dije en mi Exhortación Apostólica sobre la misión de la familia cristiana en el mundo, la familia cristiana está insertada de tal forma en el misterio de la Iglesia, que participa, a su manera como comunidad íntima de vida y de amor, en la misión de salvación que es propia de la Iglesia (25).

A su vez, el matrimonio y la familia cristiana cumplen maravillosamente el designio de Dios, cuando se aprestan por sí mismos a sembrar y cultivar los valores del Evangelio.

El hogar, la familia –Iglesia doméstica–, han de ser también evangelizadores. En efecto, los esposos cristianos, por su bautismo y la confirmación y por la fuerza sacramental del matrimonio, tienen que transmitir la fe y llevar a la sociedad los valores que la transformen de acuerdo con el plan de Dios. Convencidos de que Cristo está presente en el hogar, deben ser los más aptos evangelizadores de sus hijos a quienes transmitirán su propia experiencia de fe con la palabra, pero sobre todo con el testimonio diario de su vida de esposos, de miembros de la Iglesia y de la sociedad.

Padres de familia: Vosotros debéis ser además los primeros catequistas y educadores de vuestros hijos en el amor. Si no se aprende a amar y a orar en familia, difícilmente después se podrá superar este vacío. La vida y la fe de vuestros hijos son tesoros incalculables que el Señor ha puesto en vuestras manos responsables. Mostradles el camino del bien y acompañadlos para que en los momentos de dificultad o de crisis vuestra firmeza en la fe, vuestro testimonio cristiano sea para ellos referencia obligada que avive la llama de su fe y el amor que vosotros sembrasteis en sus corazones. La evangelización y la catequesis que los esposos realizan en el seno de su familia tiene que hacerse en comunión eclesial. Los padres de familia tienen derecho y esperan con justa razón rectas orientaciones de sus Pastores en sus parroquias y comunidades mediante la predicación y una auténtica catequesis cristiana.

19. Cfr. Col. 3, 14.

20. Cfr. IOANNIS PAULI PP. II, Familiaris consortio, 11, c [1981 11 22/11].

21. Cfr. ibid. 11.

22. Cfr. Col. 3, 16.

23. Cfr. Act. 2, 44.

24. Cfr. Col. 3, 12.

25. IOANNIS PAULI PP. II, Familiaris consortio, 49-50 [1981 11 22/49-50].

 

© Javier Escrivá-Ivars y Augusto Sarmiento. Universidad de Navarra. http://www.unav.es/matrimonioyfamilia