[1336] • JUAN PABLO II (1978-2005) • LA DIGNIDAD Y LA VOCACIÓN DE LA MUJER

Carta Apostólica Mulieris dignitatem –sobre la dignidad y la vocación de la mujer–, con ocasión del Año Mariano, 15 agosto 1988

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27. El Concilio Vaticano II ha renovado en la Iglesia la conciencia de la universalidad del sacerdocio. En la Nueva Alianza hay un solo sacrificio y un solo sacerdote: Cristo. De este único sacerdocio participan todos los bautizados, ya sean hombres o mujeres, en cuanto deben “ofrecerse a sí mismo como una víctima viva, santa y agradable a Dios” (cfr. Rom 12, 1), dar en todo lugar testimonio de Cristo y dar razón de su esperanza en la vida eterna a quien lo pida (cfr. 1 Ped 3, 15)51. La participación universal en el sacrificio de Cristo, con el que el Redentor ha ofrecido al Padre el mundo entero y, en particular, la humanidad, hace que todos en la Iglesia constituyan “un reino de sacerdotes” (Ap 5, 10; cfr. 1 Ped 2, 9), esto es, que participen no solamente en la misión sacerdotal, sino también en la misión profética y real de Cristo Mesías. Esta participación determina, además, la unión orgánica de la Iglesia, como Pueblo de Dios, con Cristo. Con ella se expresa a la vez el “gran misterio” de la Carta a los Efesios: la Esposa unida a su Esposo; unida, porque vive su vida; unida, porque participa de su triple misión (“tria munera Christi”); unida de tal manera que responda de un “don sincero” de sí al inefable don del amor del Esposo, Redentor del mundo. Esto concierne a todos en la Iglesia, tanto a las mujeres como a los hombres, y concierne obviamente también a aquellos que participan del “sacerdocio ministerial” (52), que tiene el carácter de servicio. En el ámbito del “gran misterio” de Cristo y de la Iglesia todos están llamados a responder –como una esposa– con el don de la vida al don inefable del amor de Cristo, el cual, como Redentor del mundo, es el único Esposo de la Iglesia. En el “sacerdocio real”, que es universal, se expresa a la vez el don de la Esposa.

Esto tiene una importancia fundamental para entender la Iglesia misma en su esencia, evitando trasladar a la Iglesia –incluso en su ser una “institución” compuesta por hombres y mujeres insertos en la historia– criterios de comprensión y de juicio que no afecten a su naturaleza. Aunque la Iglesia posee una estructura “jerárquica” (53), sin embargo, esta estructura está ordenada totalmente a la santidad de los miembros del Cuerpo místico de Cristo. La santidad, por otra parte, se mide según el “gran misterio”, en el que la Esposa responde con el don del amor al don del Esposo, y lo hace “en el Espíritu Santo”, porque “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rom 5, 5). El Concilio Vaticano II, confirmando la enseñanza de toda la tradición, ha recordado que en la jerarquía de la santidad “precisamente” la “mujer”, María de Nazaret, es “figura” de la Iglesia. Ella “precede” a todos en el camino de la santidad; en su persona la “Iglesia ha alcanzado ya la perfección con la que existe inmaculada y sin mancha” (cfr. Ef 5, 27)54. En este sentido se puede decir que la Iglesia es, a la vez, “mariana” y “apostólico-petrina” (55).

En la historia de la Iglesia, desde los primeros tiempos, había, junto a los hombres, numerosas mujeres, para quienes la respuesta de la Esposa al amor redentor del Esposo adquiría plena fuerza expresiva. En primer lugar, vemos a aquellas mujeres que personalmente se habían encontrado con Cristo y le habían seguido, y después de su partida “eran asiduas en la oración” juntamente con los Apóstoles en el cenáculo de Jerusalén hasta el día de Pentecostés. Aquel día, el Espíritu Santo habló por medio de “hijos e hijas” del Pueblo de Dios cumpliéndose así el anuncio del profeta Joel (cfr. Act 2, 17). Aquellas mujeres, y después otras, tuvieron una parte activa e importante en la vida de la Iglesia primitiva, en la edificación de la primera comunidad desde los cimientos –así como de las comunidades sucesivas– mediante los propios carismas y con su servicio multiforme. Los escritos apostólicos anotan sus nombres, como Febe, “diaconisa de Cencreas” (cfr. Rom 16, 1), Prisca con su marido Aquila (cfr. 2 Tim 4, 19), Evodia y Síntique (cfr. Fil 4, 2), María, Trifena, Pérside, Trifosa (cfr. Rom 16, 6. 12). El Apóstol habla de los “trabajos” de ellas por Cristo, y estos trabajos indican el servicio apostólico de la Iglesia en varios campos, comenzando por la “Iglesia doméstica”; es aquí, en efecto, donde la “fe sencilla” pasa de la madre a los hijos y a los nietos, como se verificó en casa de Timoteo (cfr. 2 Tim 1, 5).

Lo mismo se repite en el curso de los siglos, generación tras generación, como lo demuestra la historia de la Iglesia. En efecto, la Iglesia defendiendo la dignidad de la mujer y su vocación ha mostrado honor y gratitud para aquellas que –fieles al Evangelio– han participado en todo tiempo en la misión apostólica del Pueblo de Dios. Se trata de santas mártires, de vírgenes, de madres de familia, que valientemente han dado testimonio de su fe, y que educando a los propios hijos en el espíritu del Evangelio han transmitido la fe y la tradición de la Iglesia.

En cada época y en cada país encontramos numerosas mujeres “perfectas” (cfr. Prov 31, 10) que, a pesar de las persecuciones, dificultades o discriminaciones, han participado en la misión de la Iglesia. Basta mencionar a Mónica, madre de Agustín, Macrina, Olga de Kiev, Matilde de Toscana, Eduvigis de Silesia y Eduvigis de Cracovia, Isabel de Turingia, Brígida de Suecia, Juana de Arco, Rosa de Lima, Elizabeth Seton y Mary Ward.

El testimonio y las obras de las mujeres cristianas han incidido significativamente tanto en la vida de la Iglesia como en la sociedad. También ante graves discriminaciones sociales las mujeres santas han actuado “con libertad”, fortalecidas por su unión con Cristo. Una unión y libertad radicada así en Dios explica, por ejemplo, la gran obra de Santa Catalina de Siena en la vida de la Iglesia, y de Santa Teresa de Jesús en la vida monástica.

También en nuestros días la Iglesia no cesa de enriquecerse con el testimonio de tantas mujeres que realizan su vocación a la santidad. Las mujeres santas son una encarnación del ideal femenino, pero son también un modelo para todos los cristianos, un modelo de la “sequela Christi” –seguimiento de Cristo–, un ejemplo de cómo la Esposa ha de responder con amor al amor del Esposo.

51. Cfr. CONC. OEC. VAT. II, Const. dogm. Lumen gentium, de Ecclesia, 10.

52. Cfr. ibid., 10.

53. Cfr. CONC. OEC. VAT. II, Const. dogm. Lumen gentium, de Ecclesia, 18-29.

54. Cfr. ibid., 65 cfr. quoque 63; cfr. Litt. Enc. Redemptoris Mater (25 Martii 1987), 2-6: l. mem., 362-367.

55. “Este perfil mariano es igual –si no lo es mucho más– fundamental y característico para la Iglesia, que el perfil apostólico y petrino, al que está profundamente unido. La dimensión mariana de la Iglesia antecede a la petrina, aunque esté estrechamente unida a ella y sea complementaria. María, la Inmaculada, precede a cualquier otro, y obviamente al mismo Pedro y a los Apóstoles, no sólo porque Pedro y los Apóstoles, proveniendo de la masa del género humano que nace bajo el pecado, forman parte de la Iglesia ‘sancta ex peccatoribus’, sino también porque su triple munus no tiende más que a formar a la Iglesia en ese ideal de santidad, en que ya está formado y figurado en María. Como bien ha dicho un teólogo contemporáneo, ‘María es ‘Reina de los Apóstoles’, sin pretender para ella los poderes apostólicos. Ella tiene otra cosa y más’ (H. U. VON BALTHASAR, Neue Klarstellungen, trad. ital., Milano 1980, p. 181)”: Alocución a los Cardenales y Prelados de la Curia romana, 22 de diciembre de 1987: L’Osservatore Romano, 23 de diciembre de 1987.

Sponsae donum

27. Conscientiam in Ecclesia Concilium Vaticanum II redintegravit universalis sacerdotii. Novo enim in Foedere unum sacrificium est unusque sacerdos: Christus. Huius autem unius sacerdotii participes omnes sunt baptizati, tam viri quam mulieres, quatenus “seipsos hostiam viventem, sanctam, Deo placentem exhibeant” (cfr. Rom 12, 1), ubique terrarum de Christo testimonium perhibeant, atque poscentibus rationem reddant de ea quae in eis est spe vitae aeternae (cfr. 1 Pe 3, l (5))51. Sacrificii Christi communicatio universa, in quo totum, Patri mundum obtulit Redemptor nominatimque hominum genus, ita facit ut in Ecclesia cuncti “regnum et sacerdotes” sint (Apc 5, 10; cfr. 1 Pe 2, 9), consortes scilicet non muneris modo sacerdotalis, verum prophetici quoque necnon regalis Christi Messiae. Haec praeterea participatio coniunctionem statuit Ecclesiae ipsius velut Dei Populi cum Christo. Simul vero in ea “mysterium magnum” Epistulae ad Ephesios declaratur: Sponso suo iuncta Sponsa, coniuncta idcirco quod eius ducit vitam, consociata quia ipsius tria participat munera (tria munera Christi), eo modo copulata ut per “donum sincerum” sui ipsius respondeat ineffabili amoris Sponsi dono, Redemptoris mundi. Id quod universam respicit Ecclesiam, simul mulieres simul viros, ac manifesto ad eos quoque spectat qui “ministerialis sacerdotii” participes sunt (52), quod indolem in se continet veri servitii. Intra Christi Ecclesiaeque “mysterium magnum” omnes incitantur –sponsae instar– ut, suae vitae dono, dono Christi amoris ineffabili occurrant, qui mundi ut Servator Ecclesiae est Sponsus. Et in “regali sacerdotio”, quod universale est, eodem tempore Sponsae aperitur donum.

Hoc summi profecto interest, ut Ecclesia sua plane in essentia comprehendatur neve ad Ecclesiam propria in exsistentia transferatur “insti tutio” ex hominibus conflata in historiamque interposita: quae sunt iudicandi aestimandique normae ad ipsius haud pertinentes naturam. Quamtumvis habeat Ecclesia structuram “hierarchicam” (53), illa tamen compages tota ad membrorum in Christo sanctimoniam dirigitur. Porro secundum “mysterium magnum” illa diiudicatur sanctitas, ubi Sponsi dono respondet Sponsa proprio amoris dono, idque facit “in Spiritu Sancto”, quandoquidem “caritas Dei diffusa est in cordibus nostris per Spiritum Sanctum, qui datus est nobis” (Rom 5, 5). Doctrinam autem totius confirmans traditionis Concilium Vaticanum II memoravit in hierarchia ipsa sanctitatis “mulierem” ipsam, Mariam Nazarethanam Ecclesiae esse “figuram” eamque reliquos in via ad sanctimoniam “praecedere”. Nam “in Beatissima Virgine ad perfectionem iam pertingit, qua sine macula et ruga exsistit” (cfr. Eph 5, 27)54. Hoc sensu Ecclesia dici potest esse simul “mariana” et “apostolico-petrina” 55.

A primis quidem historiae Ecclesiae temporibus viros iuxta complures mulieres erant, ob quas Sponsae ipsius responsum redimenti Sponsi amori plenam apiscebatur significantiam. Primas quidem cernimus mulieres illas quae consortium cotidianum frequentaverant ipsae cum Christo eiusque post discessionem cum apostolis “erant perseverantes... in oratione” apud cenaculum Hierosolymitanum ad diem usque Pentecostes. Quo scilicet die per “filios ac filias” Populi Dei Spiritus est Sanctus locutus, qui Ioelis prophetae praeconium impleverunt (cfr. Act 2, 17). Hae insuper mulieres aliaeque etiam deinceps actuosas partes gravesque in Ecclesiae priscae vita expleverunt, in aedificanda videlicet ipsis a fundamentis prima communitate christiana et in subsequentium pariter constitutione per charismata propria ac multiplex ministerium. Commemorant apostolica scripta earum etiam nomina, inter quae sunt: Phoebe, “ministra ecclesiae, quae est Cenchris” (Rom 16, 1), Prisca cum viro Aquila (cfr. 2 Tim 4, 19), Evodia et Syntyches (cfr. Philp 4, 2), Maria, Tryphaena, Persis, Tryphosa (cfr. Rom 16, 6. 12). De earum loquitur Apostolus “laboribus” pro Christo, qui varias indicant regiones ministerii apostolici Ecclesiae, initio ab ipsa “Ecclesia domestica” facto. Ibidem enim fides “quae est non ficta” a matre in filios transit nepotesque, prout domi factum est Timothei (cfr. 2 Tim 1, 5).

Saeculorum deinde decursu, a generatione in generationem, idem prorsus contingit, sicut tota commonstrat Ecclesiae historia. Etenim mulieris dignitatem tutando Ecclesia eiusque vocationem, honorem tribuit atque gratias iis quae, Evangelio fideles, omni aetate apostolicum communicarunt totius Dei Populi munus. De martyribus sanctis agitur et de virginibus ac de matribus familias fortiter quae fidem sunt testificatae ac suis educandis liberis in Evangelii principiis fidem tradiderunt Ecclesiaeque traditionem.

Omni saeculo omnique pariter in populo plures invenimus “perfectas” (Prv 31, 10) mulieres quae, quamquam vexationes, difficultates, exclusiones obstiterunt, munus Ecclesiae participaverunt. Memorare sat est: Monicam Augustini matrem, Macrinam, Olgam Kioviensem, Mathildam Tuscam, Hedvigem Slesianam necnon Hedvigem Cracoviensem, Elisabetham Thuringam, Birgittam Sueticam, Ioannam de Arc, Rosam Limanam, Elisabetham Seaton et Mariam Ward.

Testificatio operaque mulierum christianarum significans habuerunt momentum in vitam tum Ecclesiae tum etiam societatis. Etiam coram gravibus iniuriis socialibus “libere” sese sanctae gesserunt mulieres, roboratae videlicet sua cum Christo consortione. Similis proinde coniunctio cum Christo libertasque in Deo stabilita explanant –ut exemplis utamur– magna Sanctae Catharinae Senensis coepta in Ecclesiae vita atque Sanctae Teresiae a Iesu in monastica.

Nec hisce desinit nostris diebus locupletari Ecclesia testimoniis complurium feminarum quae suam ad sanctitatem complent vocationem. Sanctae mulieres quasi quaedam corporatae personae sunt speciei muliebris optimae; verum exemplaria aequabiliter universis sunt christianis, exempla scilicet “Christi sequelae”, illius nempe rationis exempla, qua per amorem respondeat Sponsa oportet Sponsi amori.

51. Cfr. CONC. OEC. VAT. II, Const. dogm. Lumen gentium, de Ecclesia, 10.

52. Cfr. ibid., 10.

53. Cfr. CONC. OEC. VAT. II, Const. dogm. Lumen gentium, de Ecclesia, 18-29.

54. Cfr. ibid., 65 cfr. quoque 63; cfr. Litt. Enc. Redemptoris Mater (25 Martii 1987), 2-6: l. mem., 362-367.

55. “Hic marianus aspectus est tantumdem –si non magis– fundamentalis ac praecipuus Ecclesiae quantum aspectus apostolicus et petrinus, cum quo arctissime coniungitur... Mariana ratio Ecclesiae petrinam praecedit rationem, etiamsi sit cum ea penitus coniuncta et complementaris. Maria, Immaculata, omnem alium praecedit, et, ut patet, ipsum Petrum et apostolos: non solum quod Petrus et Apostoli, orti e multitudine humani generis quod nascitur sub peccato, membra sunt Ecclesiae, quae est ‘sancta ex peccatoribus’, sed etiam quia triplex eorum munus ad nil aliud spectat quam ut efformet Ecclesiam ad illam perfectam formam sanctitatis, quae iam praeformata et praefigurata est in Maria. Sicut probe dixit quidam theologus nostrae aetatis:‘Maria est «regina Apostolorum» neque sibi apostolicas petivit potestates. Ipsa aliud et plus habet’ (H. U. VON BALTHASAR, neue Klarstellungen)” (IOANNES PAULUS PP. II, Allocutio ad Patres Cardinales Romanaeque Curiae Praelatos, die 22 Dec. 1987 habita: diurnarium L’Osservatore Romano, 23 Dec. 1987).

 

© Javier Escrivá-Ivars y Augusto Sarmiento. Universidad de Navarra. http://www.unav.es/matrimonioyfamilia