[1827] • JUAN PABLO II (1978-2005) • MISIÓN DE LA FAMILIA EN LA NUEVA EVANGELIZACIÓN

Del Discurso As the church, a los Obispos de la Conferencia Episcopal de Escocia, en la visita ad limina, 25 abril 1997

1997 04 25a 0005

Defensa de la vida

5. Deseo, asimismo, expresaros a vosotros y a los fieles escoceses mi profunda estima por vuestros notables esfuerzos encaminados a defender la dignidad inviolable de la vida humana frente a antiguas y nuevas amenazas, disfrazadas a veces de compasión y dirigidas contra los hijos por nacer, los minusválidos, los enfermos graves y los moribundos. Las personas, las familias, los movimientos y las asociaciones tienen un amplio espacio para cumplir la misión de edificar “una sociedad en la que se reconozca y tutele la dignidad de cada persona, y se defienda y promueva la vida de todos” (Evangelium vitae, 90)[2]. Vuestros esfuerzos por ayudar a las madres inseguras de acoger a sus hijos por nacer merece el apoyo de toda la comunidad eclesial e, incluso, de todas las personas de buena voluntad.

Los fieles también esperan de vosotros que difundáis más ampliamente, con claridad y compasión, la enseñanza de la Iglesia sobre las cuestiones relativas al fin de la vida, que deben afrontar cada vez más familias y el personal sanitario. En la sagrada Escritura nada es más claro que la soberanía del Señor sobre la vida y la muerte. La palabra de Dios nos enseña que nadie “puede decidir arbitrariamente entre vivir o morir. En efecto, sólo es dueño absoluto de esta decisión el Creador” (Evangelium vitae, 47)[3]. Sólo en Él “vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17, 28). Habría que considerar esta enseñanza en el contexto más amplio del enfoque cristiano total de la vida, según el cual “el valor salvífico de todo sufrimiento, aceptado y ofrecido a Dios con amor, deriva del sacrificio de Cristo, que llama a los miembros de su Cuerpo místico a unirse a sus padecimientos” (Redemptoris missio, 78). El camino hacia una cultura de la vida pasa necesariamente por la unión al misterio del Calvario.

Exhorto a la Iglesia en Escocia, especialmente a sus sacerdotes, catequistas y maestros católicos, a no desalentarse en la lucha por defender el valor inviolable y sagrado de toda vida, a estar en guardia para proteger a los débiles y vulnerables, y a trabajar para convencer a vuestros compatriotas de que la renovación de la sociedad debe fundarse en el respeto a las verdades y a los valores morales objetivos y reconocidos universalmente.

[OR (e.c.) 16.V.1997, 11]

[2]. [1995 03 25b/ 90]

[3]. [1995 03 25b/ 47]

5. Likewise, I wish to express to you and the Scottish faithful my profound appreciation of your resolute efforts to defend the inviolable dignity of human life against old and new threats –threats sometimes disguised as compassion– directed against unborn children, the handicapped, the seriously ill and the dying. There is ample room for action by individuals, families, movements and associations in the task of building “a society in which the dignity of each person is recognized and protected and the lives of all are defended and enhanced” (Evangelium vitae, n. 90)[2]. Your efforts to help mothers uncertain about whether to welcome their unborn children deserve the support of the whole ecclesial community and indeed of all persons of goodwill.

The faithful also look to you to make ever more widely known, with clarity and compassion, the Church’s teaching on the end-of-life questions increasingly faced by families and health-care personnel. In Sacred Scripture nothing is clearer than the Lord’s sovereignty over life and death. The word of God teaches that no one “can arbitrarily choose whether to live or die; the absolute master of such a decision is the Creator alone” (Evangelium vitae, n. 47)[3]. He is the One in whom “we live and move and have our being” (Acts 17, 28). This teaching should be seen in the wider context of the whole Cristian approach to life, whereby “the redemptive value of suffering, accepted and offered to God with love, derives from the sacrifice of Crist himself, who calls the members of his Mystical Body to share in his sufferings” (Redemptoris missio, n. 78). The path to a culture of life passes necessarily by way of sharing in the mystery of Calvary.

I encourage the Church in Scotland –especially its priests, catechists and Catholic teachers– not to lose heart in the struggle to defend the inviolable and sacred value of every life, but to stand guard at the gate, to protect the weak and the vulnerable, and to work to persuade your fellow-citizens that the renewal of society must be founded on respect for objective and universally valid moral truths and values.

[OR 26.IV.1997, 4]

[2]. [1995 03 25b/ 90]

[3]. [1995 03 25b/ 47]

 

© Javier Escrivá-Ivars y Augusto Sarmiento. Universidad de Navarra. http://www.unav.es/matrimonioyfamilia