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[0383] • PÍO XII, 1939-1958 • LA DEVOCIÓN AL CORAZÓN DE JESÚS Y LA MISIÓN DE LA FAMILIA CRISTIANA

De la Alocución Noi potremmo, a unos recién casados, 26 junio 1940

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[3.–] En una época agitada, en que acaso estáis inquietos por el porvenir de vuestro hogar recién fundado, estimamos todavía más útil una palabra de aliento análoga a la que ya en otras ocasiones, en este mismo mes de junio, hemos dirigido a los recién casados reunidos en torno a Nos, para deciros: “Queridos hijos e hijas, volveos al Sagrado Corazón de Jesús, consagraos a él enteramente, y vivid en la serenidad y en la confianza”.

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[4.–] No hay duda de que, si se quiere salir de modo durable de la crisis actual, será preciso reedificar la sociedad sobre bases menos frágiles, es decir, más conformes a la moral de Cristo, fuente primera de toda verdadera civilización. No es menos cierto que, si se quiere conseguir tal fin, hará falta comenzar por hacer de nuevo cristianas a las familias, muchas de las cuales han olvidado la práctica del Evangelio, la caridad que requiere y la paz que trae.

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[5.–] La familia es el principio de la sociedad. Como el cuerpo humano se compone de células vivientes, que no están sólo yuxtapuestas la una junto a la otra, sino que constituyen un todo orgánico con sus íntimas y constantes relaciones, así también la sociedad está formada no por un conglomerado de individuos, seres esporádicos que aparecen un instante para desvanecerse en seguida, sino por una comunidad económica y una solidaridad moral de las familias, que transmitiendo de generación en generación la preciosa herencia de un mismo ideal, de una misma civilización, de una fe religiosa, aseguran la cohesión y la continuidad de los vínculos sociales. San Agustín lo notaba hace quince siglos, cuando escribía que la familia debe ser el elemento inicial y como una célula (partícula) de la ciudad. Y como toda parte está enderezada al fin y a la integridad del todo, deducía de ahí que la paz en el hogar doméstico, entre quien manda y quien obedece, ayuda a la concordia entre los ciudadanos (1). Bien lo saben los que, para expulsar a Dios de la sociedad y lanzarla en el desorden, se esfuerzan por quitar a la familia el respeto y hasta el recuerdo de las leyes divinas, exaltando el divorcio y la unión libre, poniendo trabas al papel providencial confiado a los padres con respecto a sus hijos, infundiendo en los esposos el temor de las fatigas materiales y de las responsabilidades morales que lleva consigo el glorioso peso de una prole numerosa. Contra semejantes peligros deseamos preveniros, recomendándoos que os consagréis al Corazón Santísimo de Jesús.

1. De Civitate Dei, lib. 19, c. 16 [PL 41, 294-295].

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[9.–] Haced, pues, de este Corazón el rey de vuestra casa, y estableceréis en ella la paz. Tanto más cuanto que Él mismo, renovando y determinando las bendiciones de su Padre celestial hacia las familias fieles, prometió hacer reinar la paz en aquéllas que le fueran consagradas. [...]

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[11.–] Sean las que fueren, hoy o mañana, las dificultades de la vida en torno a vosotros, no experimentaréis ya aquellos desalientos y aquellas tristezas que conducen al abatimiento; porque desalentarse es faltar el corazón; pero vosotros tendréis, en lugar de un débil corazón humano, un corazón conforme al de Dios mismo. Entonces veréis realizarse en vuestra familia, en vuestra patria, en la cristiandad y en la humanidad entera, la promesa del Señor al profeta Jeremías: “Yo les daré un corazón para conocerme... y ellos serán mi pueblo, y Yo seré su Dios, porque volverán a Mí con todo su corazón” (1[2]).

[FC, 91-95]

1[2]. Ier. XXIV, 7.