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[0384] • PÍO XII, 1939-1958 • LA GENERACIÓN SOBRENATURAL DE LOS HIJOS

De la Alocución La pietà, a unos recién casados, 3 julio 1940

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[3.–] [...] Uno de los primeros cuidados de los padres es, por eso, transmitir a sus hijos una sangre no alterada ni empobrecida por enfermedades internas, por contaminaciones externas o por degeneración progresiva. Recordad, sin embargo, que cuando vosotros llamáis a los hijos herederos de vuestra sangre, debéis referimos a algo más alto que la sola generación corporal. Vosotros sois, y vuestros hijos deben ser, brotes de una estirpe de santos, según la frase de Tobías a su joven esposa: “Filii Sanctorum sumus”(1), es decir, de hombres santificados y participantes de la naturaleza divina por medio de la gracia sobrenatural. El cristiano, en virtud del bautismo, que le ha aplicado los méritos de la sangre divina; es hijo de Dios, uno de aquéllos, según el Evangelista San Juan (2), “que creen en su nombre; los cuales no por la sangre, ni por voluntad de la carne, ni por voluntad de hombre, sino de Dios, han nacido”. Por consiguiente, en un pueblo de bautizados, cuando se habla de transmitir la sangre a los descendientes, que deberán vivir y morir, no como animales sin razón, sino como hombres cristianos, es preciso no restringir el sentido de aquellas palabras a un elemento puramente biológico y material, sino extenderlo a lo que es como el líquido nutritivo de la vida intelectual y espiritual: el patrimonio de la fe, de la virtud, del honor, transmitido por los padres a su prole, y mil veces más precioso que la sangre, por muy rica que ésta sea, infundida en sus venas.

1. Tob. VIII, 5.

2. I, 12-13.

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[4.–] Los miembros de una familia noble se glorían de ser de sangre ilustre; y este brillo, fundado sobre los méritos de los antepasados, implica en sus herederos muy otra cosa que sólo ventajas físicas. Pero todos los que han recibido la gracia del bautismo pueden decirse “príncipes de la sangre”, de una sangre no solamente real, sino divina. Inspirad, pues, queridos recién casados, en los hijos que Dios os conceda, una tal estima de esta nobleza sobrenatural, que estén prontos a sufrirlo todo antes que perder un tesoro tan precioso.

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[8.–] Esposos cristianos, depende de vosotros dar a la sangre de Cristo en vuestras almas y en las de vuestros hijos, un tono de perdón o un tono de venganza. Su impronta, si la guardáis siempre viva y fúlgida en su frescura primitiva, no habla sino de rescate y de misericordia; pero si se obscurece y mancha con el fango del pecado, se cambia en estigma de condenación. Hasta en aquel momento os queda sin embargo un refugio: después de vuestras culpas, aunque fuesen innumerables, podréis siempre, por un arrepentimiento sincero, lavar de nuevo vuestra vestidura bautismal en la sangre del Cordero (1[3]), que no cesa de correr por vosotros en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Así, esta señal, piadosamente preservada o humilde y animosamente reconquistada, será vuestra protección cuando pase sobre vosotros y sobre vuestra posteridad el ángel ejecutor de las justicias divinas. También vosotros podéis desde ahora y durante todo el tiempo de vuestra vida hacer vuestro, como un grito de amor, el que fue grito de odio de los judíos: “Sanguis eius super nos et super filios nostros”2[4]; “su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos”. ¡Señor nuestro Jesús, diréis vosotros, que has derramado tu sangre preciosa por todos los pecadores: haz que se derrame en gracias de redención sobre nosotros, sobre nuestros seres queridos, y especialmente sobre los que serán, si así te place, los herederos de nuestra propia sangre!

[FC 97-99]

1[3]. Apoc. I, 5; VII, 14.

2[4]. Matth. XXVII, 25.