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[0389] • PÍO XII, 1939-1958 • INFLUENCIA DE LAS LECTURAS EN LA FORMACIÓN Y EDUCACIÓN DE LOS HIJOS

De la Alocución Quando, sotto, a unos recién casados, 7 agosto 1940

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[5.–] Queridos recién casados: estos avisos paternos se dirigen particularmente a vosotros. Vosotros estáis, en vuestra mayoría, en una edad y en una situación en que el espíritu se complace en mayor grado en las narraciones novelescas, y el deseo encuentra pasto en felicidades a veces imaginarias, y la dureza de las realidades se atenúa en la dulzura de los sueños. Ciertamente, no os está prohibido gustar el encanto de las narraciones de pura y santa ternura humana: la misma Sagrada Escritura ofrece escenas semejantes que han conservado a través de los siglos su frescura de idilio: como el encuentro de Jacob y de Raquel (1), el desposorio del joven Tobías (2), la historia de Ruth (3). Hay también autores de gran ingenio que han escrito novelas buenas y honestas: baste citar a nuestro Manzoni. Pero, junto a estas flores puras, ¡qué pululación de plantas venenosas en el vasto imperio de las obras de imaginación! Ahora bien, con demasiada frecuencia, estas últimas se estiman más accesibles y vistosas, y se aspiran con más ansia a causa de su perfume intenso y embriagador.

1. Gen. XXIX, 9-12.

2. Tob. VII.

3. Ruth. III.

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[6.–] “Ya no soy una niña –dice aquella joven– y conozco la vida: así que tengo el deseo y el derecho de conocerla todavía mejor”. Pero no se da cuenta la pobrecita de que su lenguaje es el de Eva ante el fruto prohibido: ¿y cree acaso que para conocer, amar, utilizar la vida, es necesario escrutar todos sus abusos y sus deformaciones?

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[7.–] “Ya no soy un chiquillo –dice igualmente aquel joven–, y a mi edad las descripciones sensuales y las escenas voluptuosas no hacen ya nada”. ¿Está bien seguro de eso? Si fuese verdad, ello sería indicio de una perversión inconsciente, fruto de las malas lecturas ya hechas. [...]

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[10.] [...] Queridos recién casados, puesto que vosotros preparáis ahora vuestro porvenir e imploráis entre los demás favores divinos la bendición de la fecundidad sobre vuestra unión, pensad que el alma de vuestros hijos será el reflejo de la vuestra. Ciertamente, ¿estáis por completo resueltos a educarles cristianamente y no infundirles sino buenos principios? Magnífico propósito, ¿pero será siempre suficiente? ¡Ah!, tal vez ocurre que padres cristianos que han usado muchas cautelas para la educación de un hijo, de una hija, que les han mantenido lejos de los placeres peligrosos y de las compañías perversas, les ven de repente, hacia la edad de los dieciocho a los veinte años, ser víctimas de miserables y a veces escandalosas caídas: el buen grano que ellos habían sembrado se ha arruinado por la cizaña. ¿Quién ha sido el inimicus homo que ha hecho tanto mal? En el mismo hogar doméstico, en este pequeño paraíso, el tentador, el astuto, se ha introducido furtivamente y ha encontrado allí, a punto ya, el fruto corruptor que ofrecer a aquellas manos inocentes. Un libro descuidadamente abandonado en la escribanía del padre, que ha minado en el hijo la fe del bautismo; una novela olvidada sobre el sofá o en el velador de la madre, que ha ofuscado en la hija la pureza de su primera comunión. Ahora bien, el mal que se oculta detrás del placer, es tanto más difícil de curar cuanto más tenaz es la mancha infligida al candor de un alma virgen

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[11.–] Pero junto a los escritos que propagan la impiedad y las malas costumbres, no podemos dejar de mencionar aquéllos otros que difunden la mentira y provocan el odio. La mentira, abominable a los ojos de Dios y detestada por todo hombre justo (1[4]), lo es todavía más cuando esparce la calumnia y siembra discordias entre los hermanos (2[5]). Como aquellos maniáticos anónimos cuya pluma mojada en la hiel y en el fango hace desmoronarse la felicidad de la vida doméstica y la unión de las familias, así una cierta prensa parece haberse fijado el propósito de destruir, en la gran familia de los pueblos, las relaciones fraternas entre los hijos del mismo Padre celestial. Esta obra de odio se lleva a cabo algunas veces con el libro, y con más frecuencia aún, con los diarios.

1[4]. Prov. VI, 17 y XIII, 5.

2[5]. Prov. VI, 19.

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[14.–] [...] Si vosotros queréis que también vuestra casa sea favorecida por las bendiciones de Dios, por la protección especial de su corazón, por las gracias de paz y de unión prometidas a quien le honra, separaos de la multitud, rechazando las publicaciones reprochables y corruptoras.

[FC, 120-125]