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[0392] • PÍO XII, 1939-1958 • EL AMOR DE LOS ESPOSOS, SIGNO E IMAGEN DEL AMOR DE DIOS

De la Alocución La prima parola, a unos recién casados, 23 octubre 1940

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[1.–] [...] De esta unión vuestra, de la que Dios mismo, como dice la Iglesia en la liturgia del matrimonio, ha sido el autor, sea Él también, con su ayuda celeste el conservador: “ut qui te auctore iunguntur, te auxiliante serventur”.

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[2.–] I.–Dios es amor, escribe San Juan (1). Amor substancial e infinito, se complace eternamente, sin deseo y sin saciedad, en la contemplación de su infinita perfección; y como Él es el único Ser absoluto, fuera del cual nada hay, si quiere llamar a la existencia a otros seres, no puede sacarlos sino de su propia riqueza. Toda criatura, derivación más o menos lejana del amor infinito, es por lo tanto fruto del amor y no se mueve sino por amor.

1. I Io. IV, 8.

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[4.–] Dios había dado al hombre con su cuerpo y su alma todo lo que le convenía a la naturaleza humana; las aspiraciones del hombre habían sido colmadas; pero no lo fue el querer de Dios. Para ir todavía más allá en el amor, hizo a la criatura humana un regalo nuevo y sobrehumano: la gracia; la gracia, prodigio inescrutable del amor de Dios, maravilla cuyo misterio no puede penetrar la inteligencia humana, y que el hombre ha llamado “sobrenatural”, lo que equivale a confesar humildemente que sobrepasa su naturaleza.

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[6.–] II.–Si hasta el amor puramente sensible tiene su tierna belleza conmovedora, tanto que el Señor se parangona a Sí mismo con el águila que enseña a volar a sus polluelos extendiendo sus alas sobre ellos (2), el amor humano es incomparablemente más noble, porque en él participa el espíritu bajo el impulso del corazón, este delicado testigo e intérprete de la unión entre el cuerpo y el alma, que concuerda las impresiones materiales del uno con los sentimientos superiores de la otra. [...]

2. Deut. XXXII, 11.

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[7.–] ¡Pero con qué nueva e indecible belleza aumenta este amor de dos corazones humanos, cuando con su cántico se armoniza el himno de dos almas vibrantes de vida sobrenatural! También aquí se verifica el mutuo cambio de dones; y entonces, con la ternura sensible y sus sanas alegrías, con el afecto natural y sus lances, con la unión espiritual y sus delicias, los dos seres que se aman se identifican en todo lo que tienen de más íntimo, desde la profundidad inconcusa de sus creencias hasta el vértice insuperable de sus aspiraciones. “Consortium omnis vitae, divini et humani iuris communicatio”1[3].

1[3]. Cfr. I D. de ritu nupt., XXIII, 2.

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[8.–] Tal es el matrimonio cristiano, modelado, según la célebre expresión de San Pablo, sobre la unión de Cristo con su Iglesia (2[4]). En el uno como en la otra, el don de sí es total, exclusivo, irrevocable; en el uno y en la otra el esposo es cabeza de la esposa, que le está sujeta como al Señor (3[5]); en el uno y en la otra el don mutuo resulta principio de expansión y fuente de vida.

2[4]. Eph. V, 32.

3[5]. Cfr. Ibid. 22-23.

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[9.–] El amor eterno de Dios ha hecho surgir de la nada el mundo y la humanidad; el amor de Jesús hacia la Iglesia engendra las almas a la vida sobrenatural; el amor del esposo cristiano hacia su esposa, participa de estas dos efusiones divinas, en cuanto que, según la voluntad formal del Creador, el hombre y la mujer preparan la habitación de un alma en que el Espíritu Santo vivirá con su gracia. Así los esposos, en la misión providencial a ellos asignada, son propiamente los colaboradores de Dios y de su Cristo; sus mismas obras tienen algo de divino; también aquí pueden ellos llamarse “divinae consortes naturae”[6].

[6]. II Petr. I, 4.

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[10.–] III.–¿Habrá que admirarse de que estos magníficos privilegios lleven consigo graves deberes? La nobleza de la adopción divina obliga a los esposos cristianos a no pocas renuncias y a muchos actos de valor, para que la materia no retenga al espíritu en sus ascensiones hacia la verdad y la virtud, y no le incline con su peso hacia los abismos. Pero como Dios no manda jamás lo imposible y con el precepto que impone concede también la fuerza para cumplirlo, el matrimonio, que es un gran sacramento, proporciona, con las obligaciones que pueden parecer sobrehumanas, auxilios que son sobrenaturales.

[FC, 131-134]