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[0604] • PAULO VI, 1963-1978 • EL AMOR MATRIMONIAL

De la Alocución Abbiamo desiderato, al Congreso Nacional Italiano de Grupos de Espiritualidad Familiar, 25 septiembre 1965

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[2.–] Os denomináis “grupos de espiritualidad familiar”, en el ámbito variado y palpitante de vida de las instituciones del apostolado seglar, y en estas palabras queda bien dicho cuanto sois y queréis realizar, para vivir cristianamente, en la forma más elevada y completa, vuestra vocación terrena, que encuentra en la familia su expresión más noble y verdadera.

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[3.–] Por ello es un gran placer recibiros y conocer todas las cosas buenas y hermosas, a que os dedicáis, cultivando vuestro santo ideal. Por esto os alentamos con corazón de Padre y de Pastor a vivir cada vez más a fondo los compromisos duros y suaves, las grandes responsabilidades, que proceden de esta manifiesta exigencia de llevar vuestras familias a un altísimo nivel de fecundidad espiritual. En espera de la promulgación de la constitución conciliar sobre el apostolado seglar, Nos gusta ver en vosotros plenamente confirmado cuanto el Concilio mismo ha dicho sobre el puesto que los cónyuges cristianos deben tener en la vida de la Iglesia: “La vida matrimonial y familiar es ejercicio y excelente escuela del apostolado seglar, en donde la religión cristiana empapa toda la vida y cada día la transforma más. Ahí tienen los cónyuges su vocación, en ser uno para el otro, y para los hijos, testigos de la fe y del amor de Cristo. La familia cristiana proclama en voz alta las virtudes actuales del Reino de Dios, y la esperanza de la vida eterna. Con su ejemplo y testimonio acusa al mundo de pecado e ilumina a los que buscan la verdad” (Constitución Dog. De Ecclesia, Lumen gentium, núm. 35).

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[4.–] Ya veis, queridos hijos e hijas, cuál es vuestra tarea en la Iglesia en estos momentos, y cuánta esperanza pone la Iglesia en vuestros cenáculos de espiritualidad y de vida. De hecho estáis llamados a dar testimonio en el mundo del arte difícil y delicado, frágil y precioso, de amar cristianamente, con la gracia del Sacramento del matrimonio, haciendo presente y renovando en cada hogar, el amor de Cristo a la Iglesia, según las palabras del apóstol Pablo: “...Misterio grande éste, pero lo digo refiriéndome a Cristo y a la Iglesia” (Efesios 5, 21-23, 32). Trazado sobre este modelo sobrenatural, el amor humano se afina cada vez más, adquiere profundidad y vigor, se templa en la paciencia y en la perseverancia, se enriquece en la custodia del corazón, se fortifica en la aceptación de las dolorosas pruebas de la existencia, preparándose para los goces sobreabundantes del Cielo. Y con una progresiva maduración sicológica, física y espiritual, se realiza el prodigio de este arte cristiano de amar, pues de este modo el amor humano se transforma en gracia, se hace vehículo e instrumento del amor divino, que se derrama cada vez más abundantemente sobre vosotros, y de uno a otro, y de ambos a los hijos, en intercambio mutuo, para el que prepara y robustece la gracia del Sacramento. Es, pues, muy necesario ser profundamente conscientes de esta elevada misión, a la que son llamados los cónyuges en el matrimonio, para que, como escribió Pío XI en su encíclica Casti connubii “puedan ofrecerse mutuamente el debido consuelo en las vicisitudes tristes y alegres de la vida, y mucho más en procurarse la salvación eterna y en formar el hombre interior ‘en la medida de la edad plena de Cristo’ (Ef 4, 13). Esto les servirá de ayuda para demostrarse verdaderamente tales para con su querida prole...; para que, gracias a su piadoso amor y a sus asiduos cuidados, la casa paterna sea para los hijos..., en este valle de lágrimas, casi una imagen de ese paraíso de alegría, donde el Creador del género humano había colocado a nuestros progenitores” (AAS., XXII, 1930, pág. 585)[1].

[1]. [1930 12 31/119].

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[5.–] Sea este cuadro, el modelo, la aspiración de vuestras familias, de vuestros grupos de espiritualidad familiar: llevar también a la sociedad de hoy el soplo de una vida de gracia íntegramente vivida, en la que el Señor, como en el Edén del alba de la creación, pueda encontrar todas sus complacencias.

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[6.–] Os asiste en esta elevada, difícil, pero muy noble tarea, la intercesión de la Santa Familia de Nazaret; os consuela la asistencia divina, que nunca os puede faltar, y os alienta Nuestra Bendición Apostólica, que pide para todos vosotros los dones más santos del Señor.

[E 26 (1966), 87]