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[0637] • PAULO VI, 1963-1978 • MATRIMONIO Y CELIBATO COMO TESTIMONIO DEL REINO DE CRISTO

De la Carta Encíclica Sacerdotalis coelibatus –sobre el celibato sacerdotal–, 24 junio 1967

1967 06 24 0020

20.–El matrimonio, que por voluntad de Dios continúa la obra de la primera creación (Gén 2, 18), asumido en el designio total de la salvación, adquiere también el nuevo significado y valor. Efectivamente, Jesús le ha restituido su primitiva dignidad (Mat 19, 3-8), lo ha honrado (cfr. Io 2, 1-11) y lo ha elevado a la dignidad de sacramento y de misterioso signo de su unión con la Iglesia (Eph 5, 32). Así los cónyuges cristianos, en el ejercicio del mutuo amor, cumpliendo sus específicos deberes y tendiendo a la santidad que les es propia, marchan juntos hacia la patria celestial. Cristo, Mediador de un Testamento más excelente (Heb 8, 6), ha abierto también un camino nuevo, en el que la criatura humana, adhiriéndose total y directamente al Señor y preocupada solamente de Él y de sus cosas (1 Cor 7, 33-35) manifiesta de modo más claro y completo la realidad, profundamente innovadora, del Nuevo Testamento.

22. Cf. Gen. 2. 18.

23. Cf. Mt. 19, 3-8.

24. Cf. Io. 2, 1-11.

25. Cf. Eph. 5, 32.

26. Hebr. 8, 6.

27. Cf. 1 Cor. 7, 33-35.

1967 06 24 0057

57.–Todo el Pueblo de Dios debe dar testimonio del misterio de Cristo y de su reino, pero este testimonio no es el mismo para todos. Dejando a sus hijos seglares casados la función del necesario testimonio de una vida conyugal y familiar auténtica y plenamente cristiana, la Iglesia confía a sus sacerdotes el testimonio de una vida totalmente dedicada a las más nuevas y fascinadoras realidades del reino de Dios.

Si al sacerdote le viene a faltar una experiencia personal y directa de la vida matrimonial, no le faltará, ciertamente, a causa de su misma formación de su ministerio y por la gracia de su estado un conocimiento acaso más profundo todavía del corazón humano, que le permitirá penetrar aquellos problemas en su mismo origen y ser así de valiosa ayuda con el consejo y con la asistencia, para los cónyuges y para las familias cristianas (cfr. 1 Cor 2, 15). La presencia, junto al hogar cristiano, del sacerdote que vive en plenitud su propio celibato, subrayará la dimensión espiritual de todo amor digno de este nombre, y su personal sacrificio merecerá a los fieles unidos por el sagrado vínculo del matrimonio las gracias de una auténtica unión.

[E 27 (1967), 1043, 1051]