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[0754] • PAULO VI, 1963-1978 • CARÁCTER SAGRADO E INVIOLABILIDAD DE LA VIDA HUMANA

De la Homilía en la Misa de la X Jornada Mundial de la Paz, 1 enero 1977

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[10.–] [...] En el fondo, éste es el sentido del tema escogido por los estudiosos para nuestra Jornada Mundial de la Paz este año: “Si quieres la paz, defiende la vida”.

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[11.–] Decimos: ¡la vida, la vida humana! Y aquí el concepto de este bien primordial debería perfeccionarse y sublimarse mucho más: la vida humana es sagrada, es decir, está protegida por una relación trascendente con Dios, que es su primer Autor, el celoso Dueño (Cfr. Gén 4, 1 ss.; Mt 5, 21 ss.), el invisible, soberano modelo en el cual se refleja descubriendo su natural y superlativa semejanza divina esencial, en un grado tal que conserva, aun en medio de las privaciones, de las deformaciones y profanaciones en que puede caer, su inviolable dignidad que la hacen objeto de mayor piedad cuando crece la necesidad (Cfr. Mt 25, 31 ss.). Nuestra mirada pasa de la consideración extraordinaria de un conflicto bélico que quebranta la paz, a la visión ordinaria del hombre vivo, definido con intuición profética por un Doctor cristiano del siglo II, San Ireneo: ¡gloria a Dios!, como si dijera: ¡ay de quien lo toca! Y aquí surgiría espontáneamente el elogio, que podría elevarse como un himno en una circunstancia como ésta, a todo aquello que el humanismo moderno, aunque sea inconscientemente cristiano, prodiga a las deficiencias y sufrimientos de la vida humana; dichosos vosotros, educadores; dichosos vosotros, sanitarios; dichosos vosotros, hombres que promovéis toda clase de asistencia que necesita el hombre; dichosos por vuestra obra, intérprete de la vocación divina que os llama al honor y al mérito de servir al hombre hermano, ¡la vida humana!

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[12.–] Pero, ¿es siempre así? ¿No se proclama con igual energía a la defensa que vosotros tributáis a la vida, la ofensa que la insidia y deshonra? La vicisitud humana, incluso en nuestros días, conoce la paradójica contradicción de la exaltación de la vida humana y de su destrucción, podemos decir simultánea. ¿Podemos pasar en silencio, por ejemplo, la legalización, admitida o protegida en varios países, del aborto? ¿No es una vida humana verdadera y propia la que en el mismo momento de su concepción comienza en el seno materno? ¿Y no tiene necesidad de todo cuidado, de todo amor, por el hecho de que esa vida embrional es inocente, está indefensa, está ya inscrita en el registro divino de la suerte de la humanidad? ¿Quién podría suponer que una madre mata o dejar matar su criatura? ¿Qué medicina, qué disfraz legal podrá jamás adormecer el remordimiento de una mujer que libremente, conscientemente, se ha hecho infanticida del fruto de su seno?

Deploraciones análogas podríamos hacer con otros tantos crímenes que se perpetran hoy día contra la vida del hombre. Los conocemos e invocaremos sobre ellos la condena de la conciencia civil y social, así como el sentido de reverencia y de solidaridad que afortunadamente se alzan contra tantas insidias y tantos delitos que envilecen la convivencia humana y comprometen la plenitud, y quizá también la estabilidad de la paz. ¡Sea, pues, fuerte, activa, amorosa nuestra reacción defensiva y reparadora! La paz, además del honor moral y civil, reclama esta sistemática renovación. Para proteger la paz, repetimos, debemos defender la vida.

[EPD 9, 144-145]