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[1063] • JUAN PABLO II (1978-2005) • LA ENSEÑANZA INMUTABLE DE LA IGLESIA SOBRE EL MATRIMONIO Y LA FAMILIA

De la Homilía de la Misa en el Estadio de Serravalle (San Marino), 29 agosto 1982

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4. Las amenazas a la libertad.

La libertad cristiana, que es verdaderamente “libertad perpetua” porque se funda sobre la acogida y el respeto del eterno Absoluto personal: Dios, está, sin embargo, continuamente amenazada por errores y comportamientos opuestos a sus raíces y a su dinamismo teológico anteriormente delineados.

¿Cuáles son las amenazas actuales a la libertad cristiana? Los errores de hoy y de siempre, esto es, la visión atea, agnóstica o sólo iluminista de la vida inducen, a veces por motivos inconfesados de poder, a hacer desaparecer en las varias instituciones del conjunto social los valores trascendentes, fundamento de la libertad y de la dignidad humana. En una palabra, una visión arreligiosa del hombre y de la historia lleva a la violación de la ley divina y, por tanto, al uso erróneo de la libertad.

Santiago, en la lectura de hoy, nos recomienda “aceptar dócilmente la Palabra que ha sido plantada en nosotros” (Sant 1, 21), es decir, la fe en Dios, que en Cristo nos ha salido al encuentro y nos ha redimido. Es necesario hacer fructificar cada vez más esta fe, aceptando sus exigencias concretas. Si olvidando la divina semilla de la fe, sólo se cultivan otras semillas, éstas se manifiestan, pronto o tarde, inadecuadas e insuficientes. En cambio, en el fruto que madura de la fe se contiene y se ennoblece todo lo que proviene incluso de otros frutos no ilícitos.

Esto vale de modo particular y emblemático para la vida de la familia célula fundamental de la sociedad, basada sobre el matrimonio. Efectivamente, éste ha sido elevado por Cristo Jesús a la dignidad de sacramento para reforzar y santificar el amor de los esposos, y Dios lo ha querido indisoluble y fiel desde los orígenes de la humanidad, como la institución que de él deriva.

“Lo que Dios juntó, no lo separe el hombre” (Mc 10, 9). La unión conyugal no puede y no debe ser alterada por ninguna autoridad humana; esto es verdad, ya se considere al matrimonio bajo el aspecto natural, ya se le considere bajo el sacramental.

Por estos motivos, la Iglesia no puede ni cambiar, ni atenuar la propia enseñanza sobre el matrimonio y sobre la familia; deplora todo atentado, sea contra la unidad del matrimonio, sea contra su indisolubilidad, como es el divorcio.

La Iglesia afirma también con claridad que el matrimonio, por su naturaleza, debe estar abierto a la transmisión de la vida humana, cuando la Providencia otorga ese don, y en todo caso debe respetar la vida desde su concepción. Ésta es la sublime misión procreadora confiada por Dios a los esposos; y ella comporta, juntamente con una altísima responsabilidad, una dignidad excelsa garantizada por el mismo Dios.

[DP (1982), 232]