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[1236] • JUAN PABLO II (1978-2005) • LA AUTORIZACIÓN DEL ABORTO, COLABORACIÓN A UNA SENTENCIA DE MUERTE

Del Discurso Siate i benvenuti, a los Representantes del Movimiento Italiano en favor de la vida, 25 enero 1986

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1. ¡Bienvenidos! Os saludo con especial amor y os agradezco esta visita, que me brinda, entre otras cosas, la oportunidad de tratar un tema que reclama una atención constante, dada su excepcional importancia. Saludo especialmente a vuestro Presidente, como también al honorable Casini, incansable animador del Movimiento; y saludo a cada uno de los Directivos Nacionales y a los Delegados Regionales.

Deseo manifestaros ante todo que la vida constituye uno de aquellos valores esenciales, para cuya defensa y promoción vive la misma sociedad y se articula en sus estructuras. Nadie está capacitado para apreciar ese valor como el cristiano que cree en Dios que se ha revelado no como el “Dios de muertos, sino de vivos, porque todos viven por Él” (Lc 20, 38); un Dios, que para transformar el rostro y el corazón de la humanidad, envió a la tierra a su propio Hijo, del que brota la misma fuente de la vida (cfr. Jn 1, 4; 3, 16, etc.).

Por todas estas razones la Iglesia, en un momento en que parece prevalecer la cultura de la muerte, está empeñada en iluminar y reclamar con insistencia pastoral la opinión pública de todos los países para conseguir un cambio en aquella tendencia.

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2. Vuestro Movimiento, desde su origen, se ha esforzado con generosidad en la colaboración con otras fuerzas de buena voluntad para contrastar en primer lugar sus ideas, después para disminuir los efectos de una ley que autoriza la aniquilación de los inocentes y que se utiliza cada vez más como medio de controlar los nacimientos. Hoy el Movimiento ofrece una ayuda especial a las madres que se encuentran en dificultades, llamando a cada uno a sus propias responsabilidades, para que las estructuras sanitarias y especialmente los Consultorios familiares se conviertan en lugares en los que la vida sea defendida eficazmente y no truncada precozmente.

Este trabajo reclama todo el coraje de todos los que están preocupados por el futuro moral y civil de la historia.

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3. La supresión de la vida del nasciturus constituye, sin embargo, hoy un fenómeno muy extendido en el mundo, hasta en las naciones que tienen una milenaria tradición cristiana, como Italia. Financiado con el dinero público, encuentra facilidades en las legislaciones humanas que encierran una serie de razones, cuya inconsistencia y capciosidad es muy fácil descubrir.

Verdaderamente el aborto constituye una grave derrota del hombre y de la sociedad civil. Mediante él queda sacrificada la vida de un ser humano a unos bienes de menor cuantía, aduciendo motivos inspirados en la ausencia de coraje y de confianza en la vida o a veces en el deseo de un bienestar mal entendido. Y el Estado, antes de trabajar, como es su deber, por defender a un inocente en peligro y por prevenir su supresión y por garantizar, con medios adecuados, la existencia y el crecimiento de los niños, autoriza el aborto y colabora de esta manera a la ejecución de una sentencia de muerte.

Ésta es una de las consecuencias más angustiosas del materialismo teórico y práctico, el cual, al negar a Dios, termina también por negar al hombre en su dimensión trascendente, y es un fruto del hedonismo consumístico, al situar como fin de la actividad humana el interés inmediato.

La Iglesia no ha cesado de intervenir con claridad y fortaleza para denunciar el aborto como una grave ofensa a la ley de Dios, único dueño de la vida, por constituir una violación del derecho primario e intangible con el fin de convencer a los hombres para que pongan como fundamento de la vida social los valores fundamentales, sin los que resulta imposible la construcción de una convivencia verdaderamente civilizada. Pues la civilización adquiere su consistencia, sobre todo, mediante el respeto y la promoción de la vida en todo el ámbito de la existencia humana.

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4. Queridísimos, vais a celebrar el dos de febrero próximo la octava Jornada por la Vida. Con tal motivo dirigiré a vosotros y a vuestros colaboradores unas palabras muy alentadoras para que continuéis sin cansancio en vuestro trabajo, a que lo mejoréis mediante una calidad y capacidad mayor de penetración y a que lo expongáis con toda la fuerza de sus argumentos.

Daos cuenta de que la batalla se presenta difícil.

Jamás perdáis la claridad de ideas ni el empuje de vuestros ideales ni el necesario dinamismo, lleno de coraje. La verdad y el bien, aunque a largo plazo, terminan triunfando.

Poned empeño en encontrar colaboración entre todas las energías disponibles, que son muchas y están muy vivas. Animad a los sectores que se refugian en el agnosticismo o en el desencanto. Llamad a las reservas inagotables de personas voluntarias. En este terreno, que supera las fuerzas humanas, no dejéis de invocar la ayuda a la Virgen Madre, María Santísima.

Como símbolo de la ayuda de Dios, recibid mi Bendición Apostólica.

[DP (1986), 17]