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[1343] • JUAN PABLO II (1978-2005) • LA NORMA MORAL DE LA “HUMANAE VITAE” NO ADMITE EXCEPCIONES

Discurso Con viva gioia, al II Congreso Internacional de Teología Moral, organizado por el Instituto de Estudios sobre Matrimonio y Familia de la Pontificia Universidad Lateranense y el Centro Académico Romano de la Santa Cruz, 12 noviembre 1988

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1. [...] El tema que os ha ocupado durante estos días, queridos hermanos, estimulando dicha reflexión en profundidad, ha sido la Encíclica “Humanae Vitae”, con la compleja red de problemas que se relacionan con la misma.

Como sabéis, en los días precedentes ha tenido lugar un congreso, a cargo del Pontificio Consejo para la Familia, en el que han tomado parte en representación de las Conferencias Episcopales de todo el mundo, los obispos responsables de la pastoral familiar de las respectivas naciones. Esta coincidencia, no casual, me ofrece de inmediato la oportunidad de poner de relieve la importancia de la colaboración entre los Pastores y los teólogos y, más en general, entre los pastores y el mundo de la ciencia, a fin de garantizar un apoyo eficaz y adecuado a los esposos interesados en realizar en su vida el proyecto divino sobre el matrimonio.

Es conocida para todos la explícita invitación que en la Encíclica “Humanae Vitae” se dirige a los hombres de ciencia y, de forma especial, a los científicos católicos, para que, mediante sus estudios, contribuyan a clarificar cada vez más las diversas condiciones que favorecen una honesta regulación de la procreación humana (cfr. n. 24)[1]. Dicha invitación he renovado también yo, ya que estoy convencido de que el compromiso interdisciplinar es indispensable para una aproximación adecuada a la compleja problemática que se cierne sobre este delicado sector.

[1]. [1968 07 25/24].

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2. La segunda oportunidad que se me ofrece consiste en levantar acta de los consoladores resultados conseguidos por muchos estudiosos que, a lo largo de estos años, han hecho que avanzara la investigación en esta materia. Gracias también a su aportación ha sido posible clarificar la riqueza de verdad y, más aún, el valor ilustrativo de la Encíclica de Pablo VI hacia la que dirigen la atención con interés creciente personas de las más diversas capas culturales.

Alusiones de reflexión es posible captar también en aquellos sectores del mundo católico, que inicialmente se mostraron un poco críticos en relación con el importante documento. El progreso en la reflexión bíblica y antropológica ha permitido, en efecto, clarificar mejor sus supuestos y significados.

En particular, debe recordarse el testimonio ofrecido por los obispos en el Sínodo del año 1980: éstos “en la unidad de la fe con el Sucesor de Pedro” escribían mantener firmemente “lo que en el Concilio Vaticano II (cfr. Const. Gaudium et spes, 50)[2] y, seguidamente, en la Encíclica “Humanae Vitae” es propuesto y, en particular, que el amor conyugal debe ser plenamente humano y abierto a la vida” (Humanae vitae 11 y cfr. nn. 9 y 12) (Prop. 22)[3].

Dicho testimonio fue recogido posteriormente por mí mismo en la Exhortación post-sinodal “Familiaris Consortio”, proponiendo de nuevo, en el más amplio contexto de la vocación y de la misión de la familia, la perspectiva antropológica y moral de la “Humanae Vitae”, como también la consiguiente norma ética que se debe deducir de ella para la vida de los esposos.

[2]. [1965 12 07c/50].

[3]. [1968 07 25/11, 9 y 12].

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3. No se trata, en efecto, de una doctrina inventada por el hombre. Ha sido inscrita por la mano creadora de Dios en la misma naturaleza de la persona humana y ha sido confirmada por Él en la Revelación. Someterla a discusión, por tanto, equivale a negar a Dios mismo la obediencia de nuestra inteligencia. Equivale a preferir la luz de nuestra razón a la luz de la divina Sabiduría, cayendo así en la oscuridad del error y terminando por atacar otros puntos fundamentales de la doctrina cristiana.

Es necesario, al respecto, recordar que el conjunto de las verdades confiadas al ministerio de la predicación de la Iglesia constituye un todo unitario, casi una especie de sinfonía, en la cual toda verdad se integra armoniosamente con las demás. Los veinte años transcurridos han demostrado, por el contrario, esta íntima consonancia: la vacilación o la duda sobre la norma moral enseñada en la “Humanae Vitae” han implicado también otras fundamentales verdades de razón y de fe. Sé que este hecho ha sido objeto de atenta consideración durante vuestro Congreso y sobre él querría atraer ahora vuestra atención.

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4. Como enseña el Concilio Vaticano II, “en lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley, que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer... Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente” (Const. Gaudium et spes, 16).

Durante estos años, como consecuencia de la contestación de la “Humanae Vitae”, ha sido cuestionada la misma doctrina cristiana de la conciencia moral, aceptando la idea de conciencia crea dora de la norma moral. De esta forma ha sido radicalmente roto aquel vínculo de obediencia a la santa voluntad del Creador en lo que consiste la misma dignidad del hombre. La conciencia, en efecto, es el “lugar” en el que el hombre es iluminado por una luz que no le llega de su razón creada y siempre falible, sino de la Sabiduría misma del Verbo, en el que todo ha sido creado. “La conciencia –sigue escribiendo admirablemente el Vaticano II– es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla” (ibid.).

De esto surgen algunas consecuencias, que vale la pena subrayar.

Dado que el Magisterio de la Iglesia ha sido instituido por Cristo-Señor para iluminar la conciencia, referirse a esta conciencia precisamente para contestar la verdad de todo cuanto es enseñado por el Magisterio implica el rechazo de la concepción católica tanto de Magisterio como de conciencia moral. Hablar de dignidad intangible de la conciencia sin ulteriores especificaciones expone al riesgo de graves errores. Muy distinta es, en efecto, la situación en la que se debate la persona que, después de haber puesto en marcha todos los medios a su disposición en la búsqueda de la verdad, incurre en errores y aquella otra de quien, o por mera aquiescencia a la opinión de la mayoría con frecuencia intencionalmente creada por los poderes del mundo, o por negligencia, se ocupa poco de descubrir la verdad.

Es la limpia enseñanza del Vaticano II la que nos lo recuerda: “No rara vez, sin embargo, ocurre que yerre la conciencia por ignorancia invencible, sin que ello suponga la pérdida de su dignidad. Cosa que no puede afirmarse cuando el hombre se despreocupa de buscar la verdad y el bien, y la conciencia se va progresivamente entenebreciendo por el hábito del pecado” (ibid).

Entre los medios que el amor redentor de Cristo ha predispuesto a fin de evitar este peligro de error se sitúa el Magisterio de la Iglesia: en su nombre, ésta posee una verdadera y propia autoridad de enseñanza. No se puede, por tanto, decir que un fiel ha puesto en marcha una diligente investigación si no tiene en cuenta lo que el Magisterio enseña; si, equiparándolo a cualquier otra fuente de conocimiento, él se constituye en su juez, si, en la duda, sigue más bien la propia opinión o la opinión de teólogos, prefiriéndola a la enseñanza cierta del Magisterio.

El seguir hablando, en esta situación, de dignidad de la conciencia sin añadir nada más, no responde a lo que es enseñado por el Vaticano II y por toda la Tradición de la Iglesia.

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5. Estrechamente vinculado con el tema de la conciencia moral está el tema de la fuerza vinculante propia de la norma moral, enseñada por la “Humanae Vitae”.

Pablo VI, calificando el acto contraceptivo como intrínsecamente ilícito, ha pretendido enseñar que la norma moral es tal que no admite excepciones: ninguna circunstancia personal o social ha podido jamás, puede y podrá hacer en sí mismo ordenado un semejante acto. La existencia de normas particulares en orden a la actuación intra-mundana del hombre, dotadas de una tal fuerza obligatoria hasta excluir siempre y generalmente la posibilidad de excepciones, es una enseñanza constante de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia que no puede ser cuestionada por el teólogo católico.

Se aborda aquí un punto central de la doctrina cristiana concerniente a Dios y al hombre. Bien considerado lo que se cuestiona, al rechazar aquella enseñanza, es la idea misma de la Santidad de Dios. Predestinándonos a ser santos e inmaculados en su presencia, Él nos ha creado “en Cristo Jesús para hacer buenas obras, que Dios de antemano preparó... para que en ella anduviésemos” (Efes 2, 10): aquellas normas morales son sencillamente la exigencia, de la cual ninguna circunstancia histórica puede dispensar, de la Santidad de Dios que se participa en concreto, no ya en abstracto, por cada una de las personas humanas.

No por sí sola, pero aquella negación desvirtúa la Cruz de Cristo (cfr. 1 Cor 1, 17). Al encarnarse, el Verbo ha entrado plenamente en nuestra cotidiana existencia, que se articula en actos humanos concretos; muriendo por nuestros pecados, Él nos ha recreado en la santidad original, que debe expresarse en nuestra cotidiana actividad intra-mundana.

Y más aún: aquella negación implica, como lógica consecuencia, que no existe alguna verdad del hombre sustraída al flujo del devenir histórico. La banalización del misterio de Dios, como siempre, termina en la banalización del misterio del hombre, y el no reconocimiento de los derechos de Dios, como siempre, termina en la negación de la dignidad del hombre.

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6. El Señor nos permite celebrar este aniversario para que cada uno se examine a sí mismo delante de Él, a fin de comprometerse en el futuro –de acuerdo con la propia responsabilidad eclesial–, a defender y a profundizar la verdad ética enseñada en la “Humanae Vitae”.

La responsabilidad que pesa sobre vosotros en este campo, queridos profesores de Teología moral, es grande. ¿Quién puede medir la influencia que vuestra enseñanza ejerce tanto en la formación de la conciencia de los fieles, como en la formación de los futuros pastores de la Iglesia? A lo largo de estos veinte años no han faltado, por desgracia, por parte de un cierto número de maestros, formas de abierta discrepancia respecto a todo lo que ha enseñado Pablo VI en su Encíclica.

Esta celebración aniversaria puede ofrecer el punto de partida para un valiente replanteamiento de las razones que han llevado a aquellos estudiosos a adoptar tales posiciones. Entonces se descubrirá, probablemente, que en la raíz de la “oposición” a la “Humanae Vitae” existe una errónea o, al menos, una insuficiente comprensión de los fundamentos mismos sobre los que se apoya la Teología moral.

La aceptación acrítica de los postulados propios de algunas orientaciones filosóficas y la “utilización” unilateral de los datos ofrecidos por la ciencia puede haber conducido al margen del camino, a pesar de las buenas intenciones, a algunos intérpretes del Documento pontificio. Es necesario, por parte de todos, un esfuerzo generoso para clarificar mejor los principios fundamentales de la Teología moral, teniendo cuidado, como ha recomendado el Concilio, de conseguir, ciertamente, que “su exposición científica, principalmente fundada en la Sagrada Escritura, ilustre la excelencia de la vocación de los fieles en Cristo, y su obligación de producir frutos en la caridad para la vida del mundo” (Decr. Optatam totius, 16).

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7. En este compromiso un considerable impulso puede venir del Pontificio Instituto para estudios sobre Matrimonio y Familia, cuya finalidad es, justamente, “clarificar cada vez más con método científico la verdad del matrimonio y de la familia” y ofrecer la posibilidad a laicos, religiosos y sacerdotes de “conseguir en este ámbito una formación científica tanto filosófico- teológica como en las ciencias humanas”, que los haga idóneos para actuar de forma eficaz al servicio de la pastoral familiar (cfr. Const. Ap. Magnum matrimonii, 3).

Si se quiere, no obstante, que la problemática moral inherente a la “Humanae Vitae” y a la “Familiaris Consortio” encuentre su justo lugar en aquel importante sector del trabajo y de la misión de la Iglesia que es la pastoral familiar y suscite la respuesta responsable de los mismos laicos como protagonistas de una acción eclesial que les afecta tan de cerca, es necesario que Instituciones como ésta se multipliquen en los diversos países: solamente así será posible conseguir que progrese la profundización doctrinal de la verdad y predisponer la iniciativa de orden pastoral de forma adecuada a las exigencias emergentes en los diversos ámbitos culturales y humanos.

Sobre todo, es necesario que la enseñanza de la Teología moral en los seminarios y en los Institutos de formación sea conforme a las orientaciones del Magisterio, a fin de que de ellos salgan ministros de Dios, los cuales “hablan un mismo lenguaje” (Enc. Humanae vitae, 28)[5], “en nada minimizando la saludable doctrina de Cristo” (ibid 29)[6]. Es aquí cuestionado el sentido de responsabilidad de los maestros, los cuales deben ser los primeros en dar a sus alumnos el ejemplo de “una leal obediencia interna y externa al magisterio de la Iglesia” (ibid 28)[7].

[5]. [1968 07 25/28].

[6]. [1968 07 25/29].

[7]. [1968 07 25/28].

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8. Al ver a tantos jóvenes estudiantes –sacerdotes y no sacerdotes– presentes en esta reunión, quiero concluir dirigiendo también a ellos un saludo particular.

Uno de los profundos conocedores del corazón humano, San Agustín, escribió: “Ésta es nuestra libertad, la sumisión a esta verdad” (De Libero arbitrio, 2, 13, 37). Buscad siempre la verdad; honrad la verdad abierta; obedeced a la verdad. No existe alegría al margen de esta búsqueda, de esta veneración, de esta obediencia.

En esta admirable aventura de vuestro espíritu, la Iglesia no constituye obstáculo para vosotros: al contrario, os sirve de ayuda. Alejándoos de su magisterio, os expondréis a la vanidad del error y a la esclavitud de las opiniones: aparentemente fuertes, pero en realidad frágiles, porque solamente la verdad del Señor permanece para siempre.

Al invocar la divina asistencia sobre vuestro trabajo de buscadores de la verdad y de apóstoles, imparto a todos de corazón mi Bendición.

[E 49 (1989), 26-28]