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[1376] • JUAN PABLO II (1978-2005) • EL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO, PARTICIPACIÓN Y SIGNO DEL MISTERIO DEL AMOR DE CRISTO A LA IGLESIA

Del Discurso Ogni volta, en el Encuentro con los Esposos, en la catedral de Taranto (Italia), 28 octubre 1989

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1. Agradezco a vuestro arzobispo, y también a la pareja de esposos, el saludo que me han dirigido en nombre de todos.

Cada vez que entro en una catedral me siento acogido por toda la Iglesia particular. Esta noche, como conclusión de la primera jornada en Tarento, me siento feliz porque sois vosotros, jóvenes parejas quienes os hacéis intérpretes de vuestra iglesia, junto con vuestro pastor diocesano, al acoger al Papa. Vuestra alegre presencia, queridos esposos suscita en este antiguo templo una atmósfera juvenil y de esperanza.

A vosotros, a todas las parejas, dirijo un cordial saludo, expresando mi alegría por estar hoy entre vosotros. En medio del pueblo de Dios tenéis un don específico: con el sacramento del matrimonio significáis y participáis en el misterio de unidad y de fecundo amor que une a Cristo con la iglesia (cfr. Lumen gentium, 11). Entre vosotros el Papa concluye su jornada saboreando, en cierto sentido, el hecho de ser acogido en vuestra casa para repasar con vosotros los momentos más significativos de vuestro camino.

El recuerdo de la reciente ceremonia de la boda está todavía muy vivo en vuestro corazón junto con el de las palabras de buenos deseos y de bendición que el sacerdote os dijo en aquel día desde el altar: en el nombre de Dios y de la Iglesia, ante la presencia de vuestros seres queridos, os exhortó a amaros siempre recíprocamente, con valentía y fidelidad a vuestra vocación. Ahora este encuentro nos permite volver a anunciar la buena nueva del matrimonio cristiano.

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2. A esta luz querría recomendaros, ante todo, que viváis vuestra unión en un clima de fe. El amor cristiano no es sólo el fruto del propio deseo o sentimiento, sino también y sobre todo, el efecto de la vida de la gracia que obra en la existencia de los esposos. Ellos, como cristianos, se aman sí con el corazón humano pero al mismo tiempo, me atrevería a decir, se aman también con el corazón de Cristo y en el corazón de Cristo: es Cristo mismo quien ama en ellos y por medio de ellos, si es verdad que el cristiano puede decir junto con san Pablo: “no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gál 2, 20).

Este pensamiento, queridos esposos, brinda un gran consuelo en las responsabilidades que os esperan como primeros educadores de vuestros hijos, en las alegrías castas y profundas de la unión de los dos, y también en los momentos de prueba, cuando parece fallar la confianza recíproca, cuando parece tan difícil aceptarse mutuamente, cuando las incomprensiones parecen ofuscar o casi quebrar la sintonía y la comunión.

¡Es Dios mismo quien os ha unido! ¡Es Él quien ha querido y bendecido vuestro amor! ¡Es Él quien puede y quiere amar en vosotros y a través de vosotros! El amor, si se abandona a las meras fuerzas humanas, no resiste a las dificultades; pero, si está enraizado en Dios, sabe permanecer fiel y templarse en la prueba.

El matrimonio cristiano, queridos esposos, es una experiencia de fe que debe hacerse juntos, en un itinerario serio de formación y testimonio, que culmina el día del “sí”, pero que se prolonga durante toda la vida.

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3. El amor entre los cónyuges puede enfrentarse a crisis sólo si es egocéntrico e individualista. Los esposos cristianos saben que toda clase de amor, pero de modo especial el conyugal, debe encontrar en el don de sí mismo su principio y su ley, para poder dar la felicidad que promete. San Pablo ha ofrecido una espléndida enunciación de esto en el capítulo 13 de la Carta a los Corintios: “La caridad –dice entre otras cosas– todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta” (1 Co 13, 7).

Sin la práctica de esta ley, cualquier forma de amor con el tiempo termina por enfriarse y volverse incapaz de reaccionar ante las pruebas. Esto vale en particular para el amor conyugal, cuya finalidad no se encierra en el ámbito de la sola experiencia terrenal sino que se abre a la perspectiva de la vida eterna. Es necesario descubrir en la persona amada la imagen de Dios impresa en ella, si se quiere que nazca por ella un amor sin fin. El amor cristiano ilumina esa imagen y, por eso, es garantía de fidelidad recíproca. Es nuevamente San Pablo (cfr. Ef 5, 22-23) –como he recordado en la Carta Apostólica Mulieris dignitatem– quien anuncia la novedad de la “sumisión recíproca en el temor de Cristo... Mientras en la relación Cristo-Iglesia la sumisión es sólo de la Iglesia, en la relación marido-mujer la sumisión no es unilateral, sino recíproca” (n. 24).

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4. Con el matrimonio, esposos queridos, habéis iniciado la actuación de un gran proyecto: fundir vuestras personas hasta convertirlas en “una sola carne” y hacer nacer de esta estupenda unión la vida, la vida del hombre. Sois colaboradores del Creador en la propagación y en la educación de la vida humana. El amor matrimonial desemboca por su naturaleza en el amor paterno y materno. Vuestro ser-padre y ser-madre, sin embargo –como bien sabéis va más allá del simple hecho físico para convertirse en un engendrar espiritual. ¡He aquí vuestra obra educativa! Estáis llamados a comunicar al fruto de vuestra unión no sólo los bienes materiales sino también aquellos bienes del espíritu y aquellas virtudes, aquellos ideales y aquellos valores morales que constituyen la herencia más preciosa. Por ella vuestros hijos sabrán estaros agradecidos. La herencia de los bienes materiales, por importante que sea, puede ser “robada por el ladrón o comida por la polilla”; la herencia de una vida hecha de rectos y santos ejemplos es un tesoro que ningún ladrón puede robar y ninguna polilla comer (cfr. Lc 12, 33).

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5. Educar a los propios hijos en la honradez, en la lealtad y en la justicia: éstas son las aspiraciones de todo buen padre. Hijos que sean la honra de los padres, ciertamente, pero que sean también la honra de la Iglesia.

La formación de los jóvenes al descubrimiento de la vida como don y vocación, a la prudencia personal y a la comprensión de la dignidad del matrimonio, a las virtudes sociales, humanas y cristianas, es y será siempre, para los padres, un arte difícil. Lamentablemente, con frecuencia se quejan de no estar sostenidos en su obra educativa por el ambiente que los rodea y los medios de comunicación de masas, generalmente inspirados en criterios permisivos.

A pesar de estas dificultades, queridos esposos, contad con la gracia de vuestro estado matrimonial: ella os habilita para cumplir adecuadamente con vuestros deberes de ser padres y educadores, abriéndoos exaltantes perspectivas de bien para vuestros hijos. Cuanto más atraídos estéis por las grandes metas cristianas, tanto más podréis afrontar con éxito vuestras responsabilidades. Por otra parte, ¡cuántos padres en la historia de la Iglesia han tenido la gracia y la fuerza para educar hijos buenos y rectos, a pesar de encontrarse en un contexto de situaciones difíciles! ¡Cuántos grandes santos han recibido el germen inicial de su camino de perfección en el seno de la familia!

¿Cómo no recordar aquí una gloria espiritual de Tarento, el beato Egidio, nacido no lejos de la catedral, en el “Pendio La Riccia”, en el seno de una familia laboriosa y temerosa de Dios?

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6. La Iglesia del mañana tiene necesidad de vosotros, esposos queridos. Sed conscientes de vuestra importante misión y atesorad abundantemente todas las ayudas espirituales y las propuestas pastorales que la Iglesia os ofrece, en el ámbito parroquial y diocesano, para responder a vuestra llamada de esposos y educadores. Aseguraréis así no sólo a la comunidad eclesial sino también a la sociedad la colaboración más eficaz y clarividente. De hecho, “la promoción de una auténtica y madura comunión de personas en la familia se convierte en primera e insustituible escuela de sociabilidad, ejemplo y estímulo para las relaciones comunitarias más amplias bajo el lema del respeto, la justicia, el diálogo y el amor” (Familiaris consortio, 43).

Que el encuentro en la basílica-catedral de San Cataldo os recuerde a vosotros y a todas las familias la profunda relación que existe con la Iglesia local, en su camino histórico, y el deber de crecer en la unidad y en el amor. Llamados a acoger y a servir el don y el misterio de la vida, sabed buscar siempre el modelo y la protección de María y José, la Madre y el Custodio del Redentor.

[OR (e. c.), 3.XII.1989, 13]