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[1525] • JUAN PABLO II (1978-2005) • LA FAMILIA, “IGLESIA DOMÉSTICA”, TESTIMONIO DE LA GLORIA DE DIOS

Alocución Esiste un legame, en la Audiencia General, 5 enero 1994

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1. Entraron en la casa (los Magos); vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron. (Mt 2, 11).

Hay un vínculo muy estrecho entre la Epifanía y la familia: deseo subrayarlo en estos primeros días del año de la familia. En la casa donde habita la Sagrada Familia es donde los Magos encuentran y reconocen al Mesías esperado. Allí estos sabios investigadores del misterio divino reciben a la luz que ilumina y produce alegría. En efecto, el evangelio nos dice que los Magos entraron en la casa, adoraron al Niño y le presentaron sus dones simbólicos, cumpliendo con ese gesto los oráculos del Antiguo Testamento, que anunciaban el homenaje de todas las naciones al Dios de Israel (cf. Nm 24, 17; Is 49, 23; Sal 72, 10-15).

Así, en la humilde y oculta familia de Nazaret, Cristo se muestra como la verdadera luz de las gentes que, mientras envuelve a toda la humanidad, proyecta un especial fulgor espiritual hacia la realidad de la familia.

1. Mt. 2, 11.

2. Cfr. Nm. 24, 17; Is. 49, 23; Sal. 72, 10-15.

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2. El tema de la luz se halla en el centro de la liturgia de la Epifanía, que mañana celebraremos solemnemente.

El concilio Vaticano II, con una imagen de extraordinaria elocuencia, afirma que “sobre la faz de la Iglesia” resplandece “la luz de Cristo” (Lumen gentium, 1). Ahora bien, en el mismo documento se afirma asimismo que la familia es “iglesia doméstica” (ib., 11). Por consiguiente, está a su vez llamada a reflejar, en el calor de las relaciones interpersonales de sus miembros, un rayo de la gloria de Dios, que brilla sobre la Iglesia (cf. Is 60, 2). Un rayo, ciertamente, no es toda la luz, pero es también luz, toda familia con sus límites, es, con título pleno, signo del amor de Dios. El amor conyugal, el amor paterno y materno, el amor filial, inmersos en la gracia del matrimonio, forman un auténtico reflejo de la gloria de Dios, del amor de la santísima Trinidad.

3. LG 1. [1964 11 21ª/11]

4. Ivi, 11

5. Cfr. Is. 60, 2.

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3. En la carta a los Efesios, san Pablo habla del “misterio” que se nos reveló en la plenitud de los tiempos (cf. Ef 3, 2-6): misterio del amor divino que, en Cristo, ofrece la salvación a los hombres de toda raza y de toda cultura. Pues bien, en la misma carta, el Apóstol alude al “gran misterio” también con respecto al matrimonio, en relación al amor que une a Cristo con su Iglesia (cf. Ef 5, 32).

La familia cristiana, por tanto, cuando es fiel al dinamismo intrínseco de la alianza sacramental, se convierte en signo auténtico del amor universal de Dios. Sacramento de unidad abierto a todos, cercanos y lejanos, parientes o no parientes, en virtud del nuevo vínculo –más fuerte que el de la sangre– que Cristo establece entre los que lo siguen.

Ese modelo de familia es “epifanía” de Dios, manifestación de su amor gratuito y universal, y, en cuanto tal, es de por sí misionera, porque anuncia con su estilo de vida que Dios es amor y quiere que todos los hombres se salven. “La familia cristiana –dice también el concilio Vaticano II–, cuyo origen está en el matrimonio, que es imagen y participación de la alianza de amor entre Cristo y la Iglesia, manifestará a todos la presencia viva del Salvador en el mundo y la auténtica naturaleza de la Iglesia, ya por el amor, la generosa fecundidad, la unidad y fidelidad de los esposos, ya por la cooperación amorosa de todos sus miembros”(Gaudium et spes, 48).

6. Cfr. Ef. 3, 2-6.

7. Cfr. Ef. 5, 32.

8. GS. 48. [1965 12 07c/48]

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4. El evangelio de la Epifanía (Mt 2, 1-12) nos presenta a los Magos que, venidos de oriente con la guía de la estrella, llegan a Belén, “a la casa” (v. 11) donde habita la Sagrada Familia y se postran ante el Niño. El centro de la escena es él, Jesús: a él es a quien adoran, porque él es “el rey [...] que ha nacido” (v. 2); suya es la estrella que los tres sabios vieron surgir a lo lejos (cf. ib.); es él quien, nacido en Belén de Judá, está destinado a dirigir como jefe al pueblo de Dios (cf. v. 6); a él ofrecen los Magos sus dones simbólicos.

Y, sin embargo, todo eso sucede “en la casa” donde ellos, después de entrar, “vieron al Niño con María, su Madre” (v. 11). ¿Y José? Mateo, aunque en otros episodios de la infancia lo pone en primer plano, aquí parece dejarlo en la sombra. ¿Por qué? Tal vez para que nuestra mirada, como la de los Magos, vaya a posarse en la escena que constituye, sin lugar a dudas, el auténtico icono de Navidad: el Niño en los brazos de la Virgen Madre.

Mientras contemplamos ese icono, comprendemos cómo José, lejos de quedar excluido de la escena, participa plenamente, a su manera, pues ¿quién sino él, José, acoge a los Magos?, ¿quién les hace entrar en la casa, y con ellos, más aún, antes que ellos, se postra ante Jesús, a quien la Madre estrecha entre sus brazos?

El cuadro de la Epifanía sugiere que toda familia cristiana se nutre espiritualmente de un doble dinamismo interior, cuyo primer momento es la adoración de Jesús, Dios con nosotros, y el segundo es la veneración a su Madre santísima. Los dos aspectos van juntos, son inseparables, porque forman los dos momentos de un único movimiento del Espíritu, que hoy vemos manifestarse proféticamente en el gesto de los Magos.

9. Mt. 2, 1-12.

10. Mt. 2, 11.

11. Mt. 2, 2.

12. Cfr. Mt. 2, 6.

13. Mt. 2, 11.

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5. Amadísimos hermanos y hermanas, estamos en el inicio del Año de la familia, un tiempo muy propicio para reflexionar en el papel y la importancia de la familia en la vida de la Iglesia y de la sociedad. Un año de profundización doctrinal, desde luego, pero sobre todo un año de oración, y de oración en familia, para obtener del Señor el don de redescubrir y valorar plenamente la misión que la Providencia encomienda a toda familia en nuestro tiempo.

La contemplación de la escena de los Magos nos ayude siempre a darnos cuenta de que la vida familiar sólo encuentra su sentido pleno si está iluminada por Cristo luz, paz y esperanza del hombre.

Con los Magos entremos también nosotros en la pobre casa de Belén y adoremos con la fe al Salvador que nos ha nacido. Reconocemos en él al Señor de la historia, al Redentor del hombre, al Hijo de la Virgen, “sol que nace” entre nosotros para “guiar nuestros pasos por el camino de la paz” (Lc 1, 79).

[O.R. (e.c.), 7.I.1994, 3]

14. Cfr. Lc. 1, 79.