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[1538] • JUAN PABLO II (1978-2005) • UNA INVITACIÓN A LA ORACIÓN POR LAS FAMILIAS Y CON LAS FAMILIAS

Carta Gratissimam sane, a las Familias, en el Año Internacional de la Familia, 2 febrero 1994

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Amadísimas familias:

1. La celebración del Año de la familia me ofrece la grata oportunidad de llamar a la puerta de vuestros hogares, deseoso de saludaros con gran afecto y de acercarme a vosotros. Y lo hago mediante esta carta, citando unas palabras de la encíclica Redemptor hominis, que publiqué al comienzo de mi ministerio petrino: El “hombre es el camino de la Iglesia” (1).

Con estas palabras deseaba referirme sobre todo a las múltiples sendas por las que el hombre camina y, al mismo tiempo, quería subrayar cuán vivo y profundo es el deseo de la Iglesia de acompañarle en recorrer los caminos de su existencia terrena. La Iglesia toma parte en los gozos y esperanzas, tristezas y angustias (2) del camino cotidiano de los hombres, profundamente persuadida de que ha sido Cristo mismo quien la conduce por estos senderos: es él quien ha confiado el hombre a la Iglesia; lo ha confiado como “camino” de su misión y de su ministerio.

1. Ioannis Pauli PP. II Redemptor Hominis, 14. [1979 03 04/14]

2. Cfr. Gaudium et Spes, 1.

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LA FAMILIA - CAMINO DE LA IGLESIA

2. Entre los numerosos caminos, la familia es el primero y el más importante. Es un camino común, aunque particular, único e irrepetible, como irrepetible es todo hombre; un camino del cual no puede alejarse el ser humano. En efecto, él viene al mundo en el seno de una familia, por lo cual puede decirse que debe a ella el hecho mismo de existir como hombre. Cuando falta la familia, se crea en la persona que viene al mundo una carencia preocupante y dolorosa que pesará posteriormente durante toda la vida. La Iglesia, con afectuosa solicitud, está junto a quienes viven semejantes situaciones, porque conoce bien el papel fundamental que la familia está llamada a desempeñar. Sabe, además, que normalmente el hombre sale de la familia para realizar, a su vez, la propia vocación de vida en un nuevo núcleo familiar. Incluso cuando decide permanecer solo, la familia continúa siendo, por así decirlo, su horizonte existencial como comunidad fundamental sobre la que se apoya toda la gama de sus relaciones sociales, desde las más inmediatas y cercanas hasta las más lejanas. ¿No hablamos acaso de “familia humana” al referirnos al conjunto de los hombres que viven en el mundo?

La familia tiene su origen en el mismo amor con que el Crea dor abraza al mundo creado, como está expresado “al principio”, en el libro del Génesis (1, 1). Jesús ofrece una prueba suprema de ello en el evangelio: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único” (Jn 3, 16). El Hijo unigénito, consustancial al Padre,“Dios de Dios, Luz de Luz”, entró en la historia de los hombres a través de una familia: “El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, ...amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros excepto en el pecado” (3). Por tanto, si Cristo “manifiesta plenamente el hombre al propio hombre” (4), lo hace empezando por la familia en la que eligió nacer y crecer. Se sabe que el Redentor pasó gran parte de su vida oculta en Nazaret: “sujeto” (Lc 2, 51) como “Hijo del hombre” a María, su Madre, y a José, el carpintero. Esta “obediencia” filial, ¿no es ya la primera expresión de aquella obediencia suya al Padre “hasta

la muerte” (Flp 2, 8), mediante la cual redimió al mundo?

El misterio divino de la encarnación del Verbo está, pues, en estrecha relación con la familia humana. No sólo con una, la de Nazaret, sino, de alguna manera, con cada familia, análogamente a cuanto el concilio Vaticano II afirma del Hijo de Dios, que en la Encarnación “se ha unido, en cierto modo, con todo hombre” (5). Siguiendo a Cristo, “que vino” al mundo “para servir” (Mt 20, 28), la Iglesia considera el servicio a la familia una de sus tareas esenciales. En este sentido, tanto el hombre como la familia constituyen “el camino de la Iglesia”.

3. Gen. 1, 1.

4. Gv. 3, 16.

5. Gaudium et Spes, 22.

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EL AÑO DE LA FAMILIA

3. Precisamente por estos motivos la Iglesia acoge con gozo la iniciativa, promovida por la Organización de las Naciones Unidas, de proclamar el 1994 Año internacional de la familia. Tal iniciativa pone de manifiesto que la cuestión familiar es fundamental para los Estados miembros de la ONU. Si la Iglesia toma parte en esta iniciativa es porque ha sido enviada por Cristo a “todas las gentes” (Mt 28, 19). Por otra parte, no es la primera vez que la Iglesia hace suya una iniciativa internacional de la ONU. Baste recordar, por ejemplo, el Año internacional de la juventud, en 1985. También de este modo, la Iglesia se hace presente en el mundo haciendo realidad la intención tan querida al Papa Juan XXIII, inspiradora de la constitución conciliar Gaudium et spes.

En la fiesta de la Sagrada Familia de 1993 se inauguró en toda la comunidad eclesial el “Año de la familia”, como una de las etapas significativas en el itinerario de preparación para el gran jubileo del año 2000, que señalará el fin del segundo y el inicio del tercer milenio del nacimiento de Jesucristo. Este Año debe orientar nuestros pensamientos y nuestros corazones hacia Nazaret, donde el 26 de diciembre pasado ha sido inaugurado con una solemne celebración eucarística, presidida por el legado pontificio.

A lo largo de este año será importante descubrir los testimonios del amor y solicitud de la Iglesia por la familia: amor y solicitud expresados ya desde los inicios del cristianismo, cuando la familia era considerada significativamente como “iglesia doméstica”. En nuestros días recordamos frecuentemente la expresión “iglesia doméstica”, que el Concilio ha hecho suya (12) y cuyo contenido deseamos que permanezca siempre vivo y actual. Este deseo no disminuye al ser conscientes de las nuevas condiciones de vida de las familias en el mundo de hoy. Precisamente por esto es mucho más significativo el título que el Concilio eligió, en la constitución pastoral Gaudium et spes, para indicar los cometidos de la Iglesia en la situación actual: “Fomentar la dignidad del matrimonio y de la familia”13. Después del Concilio, otro punto importante de referencia es la exhortación apostólica Familiaris consortio, de 1981. En este documento se afronta una vasta y compleja experiencia sobre la familia, la cual, entre pueblos y países diversos, es siempre y en todas partes “el camino de la Iglesia”. En cierto sentido, aún lo es más allí donde la familia atraviesa crisis internas, o está sometida a influencias culturales, sociales y económicas perjudiciales, que debilitan su solidez interior, si es que no obstaculizan su misma formación.

12. Cfr. Lumen Gentium, 11. [1964 11 21ª/11]

13. Gaudium et Spes, pars altera, cap. I. [1965 12 07c/47-52]

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ORACIÓN

4. Con la presente carta me dirijo no a la familia “en abstracto”, sino a cada familia de cualquier región de la tierra, dondequiera que se halle geográficamente y sea cual sea la diversidad y complejidad de su cultura y de su historia. El amor con que “tanto amó Dios al mundo” (Jn 3, 16), el amor con que Cristo “amó hasta el extremo” a todos y cada uno (Jn 13, 1), hace posible dirigir este mensaje a cada familia, “célula” vital de la grande y universal “familia” humana. El Padre, creador del universo, y el Verbo encarnado, redentor de la humanidad, son la fuente de esta apertura universal a los hombres como hermanos y hermanas, e impulsan a abrazar a todos con la oración que comienza con las hermosas palabras: “Padre nuestro”.

La oración hace que el Hijo de Dios habite en medio de nosotros: “Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20). Esta Carta a las familias quiere ser ante todo una súplica a Cristo para que permanezca en cada familia humana; una invitación, a través de la pequeña familia de padres e hijos, para que él esté presente en la gran familia de las naciones, a fin de que todos, junto con él, podamos decir de verdad: “¡Padre nuestro!”. Es necesario que la oración sea el elemento predominante del Año de la familia en la Iglesia: oración de la familia, por la familia y con la familia.

Es significativo que, precisamente en la oración y mediante la oración, el hombre descubra de manera sencilla y profunda su propia subjetividad típica: en la oración el “yo” humano percibe más fácilmente la profundidad de su ser como persona. Esto es válido también para la familia, que no es solamente la “célula” fundamental de la sociedad, sino que tiene también su propia subjetividad, la cual encuentra precisamente su primera y fundamental confirmación y se consolida cuando sus miembros invocan juntos: “Padre nuestro”. La oración refuerza la solidez y la cohesión espiritual de la familia, ayudando a que ella participe de la “fuerza” de Dios. En la solemne “bendición nupcial”, durante el rito del matrimonio, el celebrante implora al Señor: “Infunde sobre ellos (los novios) la gracia del Espíritu Santo, a fin de que, en virtud de tu amor derramado en sus corazones, permanezcan fieles a la alianza conyugal” (17). Es de esta “efusión del Espíritu Santo” de donde brota el vigor interior de las familias, así como la fuerza capaz de unirlas en el amor y en la verdad.

17. Rituale Romanum, “Ordo celebrandi matrimonium”, n. 74, editio typica altera, p. 26.

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AMOR Y SOLICITUD POR TODAS LAS FAMILIAS

5. ¡Ojalá que el Año de la familia llegue a ser una oración colectiva e incesante de cada “iglesia doméstica” y de todo el pueblo de Dios! Que esta oración llegue también a las familias en dificultad o en peligro, las desesperanzadas o divididas, y las que se encuentran en situaciones que la Familiaris consortio califica como “irregulares”. ¡Que todas puedan sentirse abrazadas por el amor y la solicitud de los hermanos y hermanas!

Que la oración, en el Año de la familia, constituya ante todo un testimonio alentador por parte de las familias que, en la comunión doméstica, realizan su vocación de vida humana y cristiana. ¡Son tantas en cada nación, diócesis y parroquia! Se puede pensar razonablemente que esas familias constituyen “la norma”, aun teniendo en cuenta las no pocas “situaciones irregulares”. Y la experiencia demuestra cuán importante es el papel de una familia coherente con las normas morales, para que el hombre, que nace y se forma en ella, emprenda sin incertidumbres el camino del bien, inscrito siempre en su corazón. En nuestros días, ciertos programas sostenidos por medios muy potentes parecen orientarse por desgracia a la disgregación de las familias. A veces parece incluso que, con todos los medios, se intenta presentar como “regulares” y atractivas –con apariencias exteriores seductoras– situaciones que en realidad son “irregulares”.

En efecto, tales situaciones contradicen la “verdad y el amor” que deben inspirar la recíproca relación entre hombre y mujer y, por tanto, son causa de tensiones y divisiones en las familias, con graves consecuencias, especialmente sobre los hijos. Se oscurece la conciencia moral, se deforma lo que es verdadero, bueno y bello, y la libertad es suplantada por una verdadera y propia esclavitud. Ante todo esto, ¡qué actuales y alentadoras resultan las palabras del apóstol Pablo sobre la libertad con que Cristo nos ha liberado, y sobre la esclavitud causada por el pecado (cf. Ga 5, 1)!

Vemos, por tanto, cuán oportuno e incluso necesario es para la Iglesia un Año de la familia; qué indispensable es el testimonio de todas las familias que viven cada día su vocación; cuán urgente es una gran oración de las familias, que aumente y abarque el mundo entero, y en la cual se exprese una acción de gracias por el amor en la verdad, por la “efusión de la gracia del Espíritu Santo” (10), por la presencia de Cristo entre padres e hijos: Cristo, redentor y esposo, que “nos amó hasta el extremo” (cf. Jn 13, 1). Estamos plenamente persuadidos de que este amor es más grande que todo (cf. 1 Co 13, 13); y creemos que es capaz de superar victoriosamente todo lo que no sea amor.

¡Que se eleve incesantemente durante este año la oración de la Iglesia, la oración de las familias, “iglesias domésticas”! Y que sea acogida por Dios y escuchada por los hombres, para que no caigan en la duda, y los que vacilan a causa de la fragilidad humana no cedan ante la atracción tentadora de los bienes sólo aparentes, como son los que se proponen en toda tentación.

En Caná de Galilea, donde Jesús fue invitado a un banquete de bodas, su Madre se dirige a los sirvientes diciéndoles: “Haced lo que él os diga” (Jn 2, 5). También a nosotros, que celebramos el Año de la familia, dirige María esas mismas palabras. Y lo que Cristo nos dice, en este particular momento histórico, constituye una fuerte llamada a una gran oración con las familias y por las familias. Con esta plegaria la Virgen Madre nos invita a unirnos a los sentimientos de su Hijo, que ama a cada familia. Él manifestó este amor al comienzo de su misión de Redentor, precisamente con su presencia santificadora en Caná de Galilea, presencia que permanece todavía.

Oremos por las familias de todo el mundo. Oremos, por medio de Cristo, con Cristo y en Cristo, al Padre, “de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra” (cf. Ef 3, 15).

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I LA CIVILIZACIÓN DEL AMOR

“VARÓN Y MUJER LOS CREÓ”

6. El cosmos, inmenso y diversificado, el mundo de todos los seres vivientes, está inscrito en la paternidad de Dios como su fuente (cf. Ef 3, 14-16). Está inscrito, naturalmente, según el criterio de la analogía, gracias al cual nos es posible distinguir, ya desde el comienzo del libro del Génesis, la realidad de la paternidad y maternidad y, por consiguiente, también la realidad de la familia humana. Su clave interpretativa está en el principio de la “imagen” y “semejanza” de Dios, que el texto bíblico pone muy de relieve (Gn 1, 26). Dios crea en virtud de su palabra: ¡“Hágase”! (cf. Gn 1, 3). Es significativo que esta palabra de Dios, en el caso de la creación del hombre, sea completada con estas otras: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” (Gn 1, 26). Antes de crear al hombre, parece como si el Creador entrara dentro de sí mismo para buscar el modelo y la inspiración en el misterio de su Ser, que ya aquí se manifiesta de alguna manera como el “Nosotros” divino. De este misterio surge, por medio de la creación, el ser humano: “Creó Dios al hombre a imagen suya: a imagen de Dios le creó; varón y mujer los creó” (Gn 1, 27).

Bendiciéndolos, dice Dios a los nuevos seres: “Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla” (Gn 1, 28). El libro del Génesis usa expresiones ya utilizadas en el contexto de la creación de los otros seres vivientes: “Multiplicaos”; pero su sentido analógico es claro. ¿No es precisamente ésta, la analogía de la generación y de la paternidad y maternidad, la que resalta a la luz de todo el contexto? Ninguno de los seres vivientes, excepto el hombre, ha sido creado “a imagen y semejanza de Dios”. La paternidad y maternidad humanas, aun siendo biológicamente parecidas a las de otros seres de la naturaleza, tienen en sí mismas, de manera esencial y exclusiva, una “semejanzacon Dios, sobre la que se funda la familia, entendida como comunidad de vida humana, como comunidad de personas unidas en el amor (communio personarum).

A la luz del Nuevo Testamento es posible descubrir que el modelo originario de la familia hay que buscarlo en Dios mismo, en

el misterio trinitario de su vida. El “Nosotros” divino constituye el modelo eterno del “nosotros” humano; ante todo, de aquel “nosotros” que está formado por el hombre y la mujer, creados a imagen y semejanza divina. Las palabras del libro del Génesis contienen aquella verdad sobre el hombre que concuerda con la experiencia misma de la humanidad. El hombre es creado desde “el principio” como varón y mujer: la vida de la colectividad humana –tanto de las pequeñas comunidades como de la sociedad entera– lleva la señal de esta dualidad originaria. De ella derivan la “masculinidad” y la “femineidad” de cada individuo, y de ella cada comunidad asume su propia riqueza característica en el complemento recíproco de las personas. A esto parece referirse el fragmento del libro del Génesis: “Varón y mujer los creó” (Gn 1, 27). Ésta es también la primera afirmación de que el hombre y la mujer tienen la misma dignidad: ambos son igualmente personas. Esta constitución suya, de la que deriva su dignidad específica, muestra desde “el principio” las características del bien común de la humanidad en todas sus dimensiones y ámbitos de vida. El hombre y la mujer aportan su propia contribución, gracias a la cual se encuentran, en la raíz misma de la convivencia humana, el carácter de comunión y de complementariedad.

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LA ALIANZA CONYUGAL

7. La familia ha sido considerada siempre como la expresión primera y fundamental de la naturaleza social del hombre. En su núcleo esencial esta visión no ha cambiado ni siquiera en nuestros días. Sin embargo, actualmente se prefiere poner de relieve todo lo que en la familia –que es la más pequeña y primordial comunidad humana– representa la aportación personal del hombre y de la mujer. En efecto, la familia es una comunidad de personas, para las cuales el propio modo de existir y vivir juntos es la comunión: communio personarum. También aquí, salvando la absoluta trascendencia del Creador respecto de la criatura, emerge la referencia ejemplar al “Nosotros” divino. Sólo las personas son capaces de existir “en comunión”. La familia arranca de la comunión conyugal que el concilio Vaticano II califica como “alianza”, por la cual el hombre y la mujer “se entregan y aceptan mutuamente”31.

El libro del Génesis nos presenta esta verdad cuando, refiriéndose a la constitución de la familia mediante el matrimonio, afirma que “dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y se harán una sola carne” (Gn 2, 24). En el evangelio, Cristo, polemizando con los fariseos, cita esas mismas palabras y añade: “De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre” (Mt 19, 6). Él revela de nuevo el contenido normativo de una realidad que existe desde “el principio” (Mt 19, 8) y que conserva siempre en sí misma dicho contenido. Si el Maestro lo confirma “ahora”, en el umbral de la nueva alianza, lo hace para que sea claro e inequívoco el carácter indisoluble del matrimonio, como fundamento del bien común de la familia.

Cuando, junto con el Apóstol, doblamos las rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda paternidad y maternidad (cf. Ef 3, 14-15), somos conscientes de que ser padres es el evento mediante el cual la familia, ya constituida por la alianza del matrimonio, se realiza “en sentido pleno y específico” (36). La maternidad implica necesariamente la paternidad y, recíprocamente, la paternidad implica necesariamente la maternidad: es el fruto de la dualidad, concedida por el Creador al ser humano desde “el principio”.

Me he referido a dos conceptos afines entre sí, pero no idénticos: “comunión” y “comunidad”. La “comunión” se refiere a la relación personal entre el “yo” y el “tú”. La “comunidad”, en cambio, supera este esquema apuntando hacia una “sociedad”, un “nosotros”. La familia, comunidad de personas, es, por consiguiente, la primera “sociedad” humana. Surge cuando se realiza la alianza del matrimonio, que abre a los esposos a una perenne comunión de amor y de vida, y se completa plenamente y de manera específica al engendrar los hijos: la “comunión” de los cónyuges da origen a la “comunidad” familiar. Dicha comunidad está conformada profundamente por lo que constituye la esencia propia de la “comunión”. ¿Puede existir, a nivel humano, una “comunión” comparable a la que se establece entre la madre y el hijo, que ella lleva antes en su seno y después lo da a luz?

En la familia así constituida se manifiesta una nueva unidad, en la cual se realiza plenamente la relación “de comunión” de los padres. La experiencia enseña que esta realización representa también un cometido y un reto. El cometido implica a los padres en la realización de su alianza originaria. Los hijos engendrados por ellos deberían consolidar –éste es el reto– esta alianza, enriqueciendo y profundizando la comunión conyugal del padre y de la madre. Cuando esto no se da, hay que preguntarse si el egoísmo, que debido a la inclinación humana hacia el mal se esconde también en el amor del hombre y de la mujer, no es más fuerte que este amor. Es necesario que los esposos sean conscientes de ello y que, ya desde el principio, orienten sus corazones y pensamientos hacia aquel Dios y Padre “de quien toma nombre toda paternidad”, para que su paternidad y maternidad encuentren en aquella fuente la fuerza para renovarse continuamente en el amor.

Paternidad y maternidad son en sí mismas una particular confirmación del amor, cuya extensión y profundidad originaria nos descubren. Sin embargo, esto no sucede automáticamente. Es más bien un cometido confiado a ambos: al marido y a la mujer. En su vida la paternidad y la maternidad constituyen una “novedad” y una riqueza sublime, a la que no pueden acercarse si no es “de rodillas”.

La experiencia enseña que el amor humano, orientado por su naturaleza hacia la paternidad y la maternidad, se ve afectado a veces por una crisis profunda y por tanto se encuentra amena zado seriamente. En tales casos, habrá que pensar en recurrir a los servicios ofrecidos por los consultorios matrimoniales y familiares, mediante los cuales es posible encontrar ayuda, entre otros, de psicólogos y psicoterapeutas específicamente preparados. Sin embargo, no se puede olvidar que son siempre válidas las palabras del Apóstol: “Doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra” (Ef 3, 14-15). El matrimonio, el matrimonio sacramento, es una alianza de personas en el amor. Y el amor puede ser profundizado y custodiado solamente por el amor, aquel amor que es “derramado” en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5, 5). La oración del Año de la Familia, ¿no debería concentrarse en el punto crucial y decisivo del paso del amor conyugal a la generación y, por tanto, a la paternidad y maternidad?

¿No es precisamente entonces cuando resulta indispensable la “efusión de la gracia del Espíritu Santo”, implorada en la celebración litúrgica del sacramento del matrimonio?

El Apóstol, doblando sus rodillas ante el Padre, lo invoca para que “conceda... ser fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior” (Ef 3, 16). Esta “fuerza del hombre interior” es necesaria en la vida familiar, especialmente en sus momentos críticos, es decir, cuando el amor –manifestado en el rito litúrgico del consentimiento matrimonial con las palabras: “Prometo serte fiel... todos los días de mi vida”– está llamado a superar una difícil prueba.

31. Gaudium et Spes, 48. [1965 12 07c/48]

36. Ioannis Pauli PP. II Familiaris Consortio, 69. [1981 11 22/69]

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UNIDAD DE LOS DOS

8. Solamente las “personas” son capaces de pronunciar estas palabras; sólo ellas pueden vivir “en comunión”, basándose en su recíproca elección, que es o debería ser plenamente consciente y libre. El libro del Génesis, al decir que el hombre abandonará al padre y a la madre para unirse a su mujer (cf. Gn 2, 24), pone de relieve la elección consciente y libre, que es el origen del matrimonio, convirtiendo en marido a un hijo y en mujer a una hija. ¿Cómo puede entenderse adecuadamente esta elección recíproca si no se considera la plena verdad de la persona, o sea, su ser racional y libre? El concilio Vaticano II habla de la semejanza con Dios usando términos muy significativos. Se refiere no solamente a la imagen y semejanza divina que todo ser humano posee ya de por sí, sino también y sobre todo a una “cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y el amor” (40).

Esta formulación, particularmente rica de contenido, confirma ante todo lo que determina la identidad íntima de cada hombre y de cada mujer. Esta identidad consiste en la capacidad de vivir en la verdad y en el amor; más aún, consiste en la necesidad de verdad y de amor como dimensión constitutiva de la vida de la persona. Tal necesidad de verdad y de amor abre al hombre tanto a Dios como a las criaturas. Lo abre a las demás personas, a la vida “en comunión”, particularmente al matrimonio y a la familia. En las palabras del Concilio, la “comunión” de las personas deriva, en cierto modo, del misterio del “Nosotros” trinitario y, por tanto, la “comunión conyugal” se refiere también a este misterio. La familia, que se inicia con el amor del hombre y la mujer, surge radicalmente del misterio de Dios. Esto corresponde a la esencia más íntima del hombre y de la mujer, y a su natural y auténtica dignidad de personas.

El hombre y la mujer en el matrimonio se unen entre sí tan estrechamente que vienen a ser –según el libro del Génesis– “una sola carne” (Gn 2, 24). Los dos sujetos humanos, aunque somáticamente diferentes por constitución física como varón y mujer, participan de modo similar de la capacidad de vivir “en

la verdad y el amor”. Esta capacidad, característica del ser humano en cuanto persona, tiene a la vez una dimensión espiritual y corpórea. Es también a través del cuerpo como el hombre y la mujer están predispuestos a formar una “comunión de personas” en el matrimonio. Cuando, en virtud de la alianza conyugal, se unen de modo que llegan a ser “una sola carne” (Gn 2, 24), su unión debe realizarse “en la verdad y el amor”, poniendo así de relieve la madurez propia de las personas creadas a imagen y semejanza de Dios.

La familia que nace de esta unión basa su solidez interior en la alianza entre los esposos, que Cristo elevó a sacramento. La familia recibe su propia naturaleza comunitaria –más aún, sus características de “comunión”– de aquella comunión fundamental de los esposos que se prolonga en los hijos. “¿Estáis dispuestos a recibir de Dios responsable y amorosamente los hijos, y a educarlos...?”, les pregunta el celebrante durante el rito del matrimonio (43). La respuesta de los novios corresponde a la íntima verdad del amor que los une.

Sin embargo, su unidad, en vez de encerrarlos en sí mismos, los abre a una nueva vida, a una nueva persona. Como padres, serán capaces de dar la vida a un ser semejante a ellos, no solamente “hueso de sus huesos y carne de su carne” (cf. Gn 2, 23), sino imagen y semejanza de Dios, esto es, persona.

Al preguntar: “¿Estáis dispuestos?”, la Iglesia recuerda a los novios que se hallan ante la potencia creadora de Dios. Están llamados a ser padres, o sea, a cooperar con el Creador dando la vida. Cooperar con Dios llamando a la vida a nuevos seres humanos significa contribuir a la trasmisión de aquella imagen y semejanza divina de la que es portador todo “nacido de mujer”.

40. Gaudium et Spes, 24.

43. Rituale Romanum, “Ordo celebrandi matrimonium”, n. 60, editio typica altera, p. 17.

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GENEALOGÍA DE LA PERSONA

9. Mediante la comunión de personas, que se realiza en el matrimonio, el hombre y la mujer dan origen a la familia. Con ella se relaciona la genealogía de cada hombre: la genealogía de la persona. La paternidad y la maternidad humanas están basadas en la biología y, al mismo tiempo, la superan. El Apóstol, “doblando las rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda paternidad en los cielos y en la tierra”, pone ante nuestra consideración, en cierto modo, el mundo entero de los seres vivientes, tanto los espirituales del cielo como los corpóreos de la tierra. Cada generación halla su modelo originario en la Paternidad de Dios. Sin embargo, en el caso del hombre, esta dimensión “cósmica” de semejanza con Dios no basta para definir adecuadamente la relación de paternidad y maternidad. Cuando de la unión conyugal de los dos nace un nuevo hombre, éste trae consigo al mundo una particular imagen y semejanza de Dios mismo: en la biología de la generación está inscrita la genealogía de la persona.

Al afirmar que los esposos, en cuanto padres, son colaboradores de Dios Creador en la concepción y generación de un nuevo ser humano (45), no nos referimos sólo al aspecto biológico; queremos subrayar más bien que en la paternidad y maternidad humanas Dios mismo está presente de un modo diverso de como lo está en cualquier otra generación “sobre la tierra”. En efecto, solamente de Dios puede provenir aquella “imagen y semejanza”, propia del ser humano, como sucedió en la creación. La generación es, por consiguiente, la continuación de la creación (46).

Así, pues, tanto en la concepción como en el nacimiento de un nuevo ser, los padres se hallan ante un “gran misterio” (Ef 5, 32). También el nuevo ser humano, igual que sus padres, es llamado a la existencia como persona y a la vida “en la verdad y en el amor”. Esta llamada se refiere no sólo a lo temporal, sino también a lo eterno. Tal es la dimensión de la genealogía de la persona, que Cristo nos ha revelado definitivamente, derramando la luz del Evangelio sobre el vivir y el morir humanos y, por tanto, sobre el significado de la familia humana.

Como afirma el Concilio, el hombre “es la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma” (48). El origen del hombre no se debe sólo a las leyes de la biología, sino directamente a la voluntad creadora de Dios: voluntad que llega hasta la genealogía de los hijos e hijas de las familias humanas. Dios “ha amado” al hombre desde el principio y lo sigue “amando” en cada concepción y nacimiento humano. Dios “ama” al hombre como un ser semejante a él, como persona. Este hombre, todo hombre, es creado por Dios “por sí mismo”. Esto es válido para todos, incluso para quienes nacen con enfermedades o limitaciones. En la constitución personal de cada uno está inscrita la voluntad de Dios, que ama al hombre, el cual tiene como fin, en cierto sentido, a sí mismo. Dios entrega al hombre a sí mismo, confiándolo simultáneamente a la familia y a la sociedad, como cometido propio. Los padres, ante un nuevo ser humano, tienen o deberían tener plena conciencia de que Dios “ama” a este hombre “por sí mismo”.

Esta expresión sintética es muy profunda. Desde el momento de la concepción y, más tarde, del nacimiento, el nuevo ser está destinado a expresar plenamente su humanidad, a “encontrarse plenamente” como persona (49). Esto afecta absolutamente a todos, incluso a los enfermos crónicos y los minusválidos. “Ser hombre” es su vocación fundamental; “ser hombre” según el don recibido; según el “talento” que es la propia humanidad y, después, según los demás “talentos”. En este sentido Dios ama a cada hombre “por sí mismo”. Sin embargo, en el designio de Dios la vocación de la persona humana va más allá de los límites del tiempo. Es una respuesta a la voluntad del Padre, revelada en el Verbo encarnado: Dios quiere que el hombre participe de su misma vida divina. Por eso dice Cristo: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10).

El destino último del hombre, ¿no está en contraste con la afirmación de que Dios ama al hombre “por sí mismo”? Si es creado para la vida divina, ¿existe verdaderamente el hombre “para sí mismo”? Ésta es una pregunta clave, de gran interés, tanto para el inicio como para el final de la existencia terrena: es importante para todo el curso de la vida. Podría parecer que, destinando al hombre a la vida divina, Dios lo apartara definitivamente de su existir “por sí mismo” (51). ¿Qué relación hay entre la vida de la persona y su participación en la vida trinitaria? Responde san Agustín: “Nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti” (52). Este “corazón inquieto” indica que no hay contradicción entre una y otra finalidad, sino más bien una relación, una coordinación y unidad profunda. Por su misma genealogía, la persona, creada a imagen y semejanza de Dios, participando precisamente en su Vida, existe “por sí misma” y se realiza. El contenido de esta realización es la plenitud de vida en Dios, de la que habla Cristo (cf. Jn 6, 37-40), quien nos ha redimido previamente para introducirnos en ella (cf. Mc 10, 45).

Los esposos desean los hijos para sí, y en ellos ven la coronación de su amor recíproco. Los desean para la familia, como don más excelente55. En el amor conyugal, así como en el amor paterno y materno, se inscribe la verdad sobre el hombre, expresada de manera sintética y precisa por el Concilio al afirmar que Dios “ama al hombre por sí mismo”. Con el amor de Dios ha de armonizarse el de los padres. En ese sentido, éstos deben amar a la nueva criatura humana como la ama el Creador. El querer humano está siempre e inevitablemente sometido a la ley del tiempo y de la caducidad. En cambio, el amor divino es eterno. “Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía –escribe el profeta Jeremías–, y antes que nacieses, te tenía consagrado” (1, 5). La genealogía de la persona está, pues, unida ante todo con la eternidad de Dios, y en segundo término con la paternidad y maternidad humana que se realiza en el tiempo. Desde el momento mismo de la concepción el hombre está ya ordenado a la eternidad en Dios.

45. Cfr. Ioannis Pauli PP. II Familiaris Consortio, 28. [1981 11 22/28]

46. Cfr. Pii XII Humani Generis: AAS 42 (1950) 574.

48. Gaudium et Spes, 24.

49. Gaudium et Spes, 24.

51. Gaudium et Spes, 24.

52. S. Augustini Confessiones, I, 1: CCL, 27, 1.

55. Cfr. Gaudium et Spes, 50. [1965 12 07c/50]

1994 02 02a 0010

EL BIEN COMÚN DEL MATRIMONIO Y DE LA FAMILIA

10. El consentimiento matrimonial define y hace estable el bien que es común al matrimonio y a la familia. “Te quiero a ti,

... como esposa –como esposo– y me entrego a ti, y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida” (57). El matrimonio es una singular comunión de personas. En virtud de esta comunión, la familia está llamada a ser comunidad de personas. Es un compromiso que los novios asumen “ante Dios y su Iglesia”, como les recuerda el celebrante en el momento de expresarse mutuamente el consentimiento (58). De este compromiso son testigos quienes participan en el rito; en ellos están representadas, en cierto modo, la Iglesia y la sociedad, ámbitos vitales de la nueva familia.

Las palabras del consentimiento matrimonial definen lo que constituye el bien común de la pareja y de la familia. Ante todo, el bien común de los esposos, que es el amor, la fidelidad, la honra, la duración de su unión hasta la muerte: “todos los días de mi vida”. El bien de ambos, que lo es de cada uno, deberá ser también el bien de los hijos. El bien común, por su naturaleza, a la vez que une a las personas, asegura el verdadero bien de cada una. Si la Iglesia, como por otra parte el Estado, recibe el consentimiento de los esposos, expresado con las palabras anteriormente citadas, lo hace porque está “escrito en sus corazones” (cf. Rm 2, 15). Los esposos se dan mutuamente el consentimiento matrimonial, prometiendo, es decir, confirmando ante Dios, la verdad de su consentimiento. En cuanto bautizados, ellos son, en la Iglesia, los ministros del sacramento del matrimonio. San Pablo enseña que este recíproco compromiso es un “gran misterio” (Ef 5, 32).

Las palabras del consentimiento expresan, pues, lo que constituye el bien común de los esposos e indican lo que debe ser el bien común de la futura familia. Para ponerlo de manifiesto la Iglesia les pregunta si están dispuestos a recibir y educar cristianamente a los hijos que Dios les conceda. La pregunta se refiere al bien común del futuro núcleo familiar, teniendo presente la genealogía de las personas, que está inscrita en la constitución misma del matrimonio y de la familia. La pregunta sobre los hijos y su educación está vinculada estrictamente con el consentimiento matrimonial, con la promesa de amor, de respeto conyugal, de fidelidad hasta la muerte. La acogida y educación de los hijos –dos de los objetivos principales de la familia– están condicionadas por el cumplimiento de ese compromiso. La paternidad y la maternidad representan un cometido de naturaleza no simplemente física, sino también espiritual; en efecto, por ellas pasa la genealogía de la persona, que tiene su inicio eterno en Dios y que debe conducir a él.

El Año de la familia, año de especial oración de las familias, debería concientizar a cada familia sobre esto de un modo nuevo y profundo. ¡Qué riqueza de aspectos bíblicos podría constituir el substrato de esa oración! Es necesario que a las palabras de la sagrada Escritura se añada siempre el recuerdo personal de los esposos-padres, y el de los hijos y nietos. Mediante la genealogía de las personas, la comunión conyugal se hace comunión de generaciones. La unión sacramental de los dos, sellada con la alianza realizada ante Dios, perdura y se consolida con la sucesión de las generaciones. Esta unión debe convertirse en unidad de oración. Pero para que esto pueda transparentarse de manera significativa en el Año de la familia, es necesario que la oración se convierta en una costumbre radicada en la vida cotidiana de cada familia. La oración es acción de gracias, alabanza a Dios, petición de perdón, súplica e invocación. En cada una de estas formas, la oración de la familia tiene mucho que decir a

Dios. También tiene mucho que decir a los hombres, empezando por la recíproca comunión de personas unidas por lazos familiares.

“¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?” (Sal 8, 5), se pregunta el salmista. La oración es la situación en la cual, de la manera más sencilla, se manifiesta el recuerdo creador y paternal de Dios: no sólo y no tanto el recuerdo de Dios por parte del hombre, sino más bien el recuerdo del hombre por parte de Dios. Por esto, la oración de la comunidad familiar puede convertirse en ocasión de recuerdo común y recíproco; en efecto, la familia es comunidad de generaciones. En la oración todos deben estar presentes: los que viven y quienes ya han muerto, como también los que aún tienen que venir al mundo. Es preciso que en la familia se ore por cada uno, según la medida del bien que para él constituye la familia y del bien que él constituye para la familia. La oración confirma más sólidamente ese bien, precisamente como bien común familiar. Más aún, la oración es el inicio también de este bien, de modo siempre renovado. En la oración, la familia se encuentra como el primer “nosotros” en el que cada uno es “yo” y “tú”; cada uno es para el otro marido o mujer, padre o madre, hijo o hija, hermano o hermana, abuelo o nieto.

¿Son así las familias a las que me dirijo con esta carta? Ciertamente no pocas son así, pero en la época actual se ve la tendencia a restringir el núcleo familiar al ámbito de dos generaciones. Esto sucede a menudo por la escasez de viviendas disponibles, sobre todo en las grandes ciudades. Pero muchas veces esto se debe también a la convicción de que varias generaciones juntas son un obstáculo para la intimidad y hacen demasiado difícil la vida. Pero, ¿no es precisamente éste el punto más débil? Hay poca vida verdaderamente humana en las familias de nuestros días. Faltan las personas con las que crear y compartir el bien común; y sin embargo el bien, por su naturaleza, exige ser creado y compartido con otros: “el bien tiende a difundirse” (“bonum est diffusivum sui”)62. El bien, cuanto más común es, tanto más propio es también: mío –tuyo– nuestro. Ésta es la lógica intrínseca del vivir en el bien, en la verdad y en la caridad. Si el hombre sabe aceptar esta lógica y seguirla, su existencia llega a ser verdaderamente una “entrega sincera”.

57. Rituale Romanum, “Ordo celebrandi matrimonium”, n. 62, editio typica altera, p. 17.

58. Rituale Romanum, “Ordo celebrandi matrimonium”, n. 61, ed. cit., p. 17.

62. S. Thomae Summa Theologiae, I, q. 5, a. 4, ad 2.

1994 02 02a 0011

LA ENTREGA SINCERA DE SÍ MISMO

11. El Concilio, al afirmar que el hombre es la única criatura sobre la tierra amada por Dios por sí misma, dice a continuación que él “no puede encontrarse plenamente a sí mismo sino en la entrega sincera de sí mismo”63. Esto podría parecer una contradicción, pero no lo es absolutamente. Es, más bien, la gran y maravillosa paradoja de la existencia humana: una existencia llamada a servir la verdad en el amor. El amor hace que el hombre se realice mediante la entrega sincera de sí mismo. Amar significa dar y recibir lo que no se puede comprar ni vender, sino sólo regalar libre y recíprocamente.

La entrega de la persona exige, por su naturaleza, que sea duradera e irrevocable. La indisolubilidad del matrimonio deriva primariamente de la esencia de esa entrega: entrega de la persona a la persona. En este entregarse recíproco se manifiesta el carácter esponsal del amor. En el consentimiento matrimonial los novios se llaman con el propio nombre: ““Yo, ... te quiero a ti, ... como esposa (como esposo) y me entrego a ti, y prometo serte fiel... todos los días de mi vida”. Semejante entrega obliga mu- cho más intensa y profundamente que todo lo que puede ser “comprado” a cualquier precio. Doblando las rodillas ante el Padre, del cual proviene toda paternidad y maternidad, los futuros padres se hacen conscientes de haber sido “redimidos”. En efec- to, han sido comprados a un precio elevado, al preciode la en- trega más sincera posible, la sangre de Cristo, en la que partici- pan por medio del sacramento. Coronamiento litúrgico del rito matrimonial es la Eucaristía –sacrificio del “cuerpo entregado” y de la “sangre derramada”–, que en el consentimiento de los esposos encuentra, de alguna manera, su expresión. Cuando el hombre y la mujer, en el matrimonio, se entregan y se reciben recíprocamente en la unidad de “una sola carne”, la lógica de la entrega sincera entra en sus vidas. Sin aquélla, el ma- trimonio sería vacío, mientras que la comunión de las personas, edificada sobre esa lógica, se convierte en comunión de los pa- dres. Cuando transmiten la vida al hijo, un nuevo “tú” humano se inserta en la órbita del “nosotros” de los esposos, una persona que ellos llamarán con un nombre nuevo: “nuestro hijo...; nuestra hija...”. “He adquirido un varón con el favor del Señor” (Gén 4, 1), dice Eva, la primera mujer de la historia. Un ser humano, es- perado durante nueve meses y “manifestado” después a los pa- dres, hermanos y hermanas. El proceso de la concepción y del desarrollo en el seno materno, el parto, el nacimiento, sirven para crear como un espacio adecuado para que la nueva criatu- ra pueda manifestarse como “don”. Así es, efectivamente, desde el principio. ¿Podría, quizás, calificarse de manera diversa este ser frágil e indefenso, dependiente en todo de sus padres y en- comendado completamente a ellos? El recién nacido se entrega alos padres por el hecho mismo de nacer. Su vida es ya un don, el primer don del Creador a la criatura.En el recién nacido se realiza el bien común de la familia. Como el bien común de los esposos encuentra su cumplimiento en el amor esponsal, dispuesto a dar y acoger la nueva vida, así el bien común de la familia se realiza mediante el mismo amor esponsal concretado en el recién nacido. En la genealogía de la persona está inscrita la genealogía de la familia, lo cual quedará para memoria mediante las anotaciones en el registro de Bautismos, aunque éstas no son más que la consecuencia social del hecho “de que ha nacido un hombre en el mundo” (Jn 16, 21). Ahora bien, ¿es también verdad que el nuevo ser humano es un don para los padres? ¿Un don para la sociedad? Aparentemente nada parece indicarlo. El nacimiento de un ser humano parece a veces un simple dato estadístico, registrado como tan- tos otros en los balances demográficos. Ciertamente, el naci- miento de un hijo significa para los padres ulteriores esfuerzos, nuevas cargas económicas, otros condicionamientos prácticos. Estos motivos pueden llevarlos a la tentación de no desear otro hijo (66). En algunos ambientes sociales y culturales la tentación resulta más fuerte. El hijo, ¿no es, pues, un don? ¿Viene sólo para recibir y no para dar? He aquí algunas cuestiones inquie- tantes, de las que el hombre actual no se libra fácilmente. El hijo viene a ocupar un espacio, mientras parece que en el mundo cada vez haya menos. Pero, ¿es realmente verdad que el hijo no aporta nada a la familia y a la sociedad? ¿No es quizás una “partícula” de aquel bien común sin el cual las comunidades humanas se disgregan y corren el riesgo de desaparecer? ¿Cómo negarlo? El niño hace de sí mismo un don a los hermanos, hermanas, padres, a toda la familia. Su vida se convier- te en don para los mismos donantes de la vida, los cuales no de- jarán de sentir la presencia del hijo, su participación en la vida de ellos, su aportación a su bien común y al de la comunidad familiar. Verdad, ésta, que es obvia en su simplicidad y pro- fundidad, no obstante la complejidad, y también la eventual patología, de la estructura psicológica de ciertas personas. El bien común de toda la sociedad está en el hombreque, como se ha recordado, es “el camino de la Iglesia”67. Ante todo, él es la “gloria de Dios”: “Gloria Dei, vivens homo”, según la conocida expresión de san Ireneo(68), que podría traducirse así: “La gloria de Dios es que el hombre viva”. Estamos aquí, puede decirse, ante la definición más profunda del hombre: la gloria de Dios es el bien común de todo lo que existe; el bien común del género humano. ¡Sí, el hombre es un bien común!: bien común de la familia y de la humanidad, de cada grupo y de las múltiples estructuras sociales. Pero hay que hacer una significativa distinción de gra- do y de modalidad: el hombre es bien común, por ejemplo, de la Nación a la que perteneceo del Estado del cual es ciudadano; pero lo es de una manera mucho más concreta, única e irrepetible para su familia; lo es no sólo como individuo que forma parte de la multitud humana, sino como“este hombre”. Dios Crea- dor lo llama a la existencia “por sí mismo”; y con su venida al mundo el hombre comienza, en la familia, su “gran aventura”, la aventura de la vida. “Este hombre”, en cualquier caso, tiene derecho a la propia afirmación debido a su dignidad humana.Ésta es precisamente la que establece el lugar de la persona entre los hombres y, ante todo, en la familia. En efecto, la familia es –más que cualquier otra realidad social– el ambiente en que el hom- bre puede vivir “por sí mismo” a través de la entrega sincera de sí. Por esto, la familia es una institución social que no se puede ni se debe sustituir: es “el santuario de la vida”(29). El hecho de que está naciendo un hombre –“ha nacido un hombre en el mundo” (Jn 16, 21)–, constituye un signo pascual. Jesús mismo, como refiere el evangelista Juan, habla de ello a los discípulos antes de su pasión y muerte, parangonando la tristeza por su marcha con el sufrimiento de una mujer parturienta: “La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llega- do su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuer- da del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mun- do”(Jn 16, 21). La “hora” de la muerte de Cristo (cf. Jn 13, 1) se parangona aquí con la “hora” de la mujer en los dolores de parto; el nacimiento de un nuevo hombre se corresponde plenamente con la victoria de la vida sobre la muerte realizada por la resurrección del Señor. Esta comparación se presta a diversas reflexiones. Igual que la resurrección de Cristo es la manifesta- ción de la Vida más allá del umbral de la muerte, así también el nacimiento de un niño es manifestación de la vida, destinada siempre, por medio de Cristo, a la “plenitud de la vida” que está en Dios mismo: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan enabundancia” (Jn 10, 10). Aquí se manifiesta en su valor más profundo el verdadero significado de la expresión de san Ireneo: “Gloria Dei, vivens homo”. Ésta es la verdad evangélica de la entrega de sí mismo, sin la cual el hombre no puede “encontrarse plenamente”, que permi- te valorar cuán profundamente esta “entrega sincera” esté fundamentada en la entrega de Dios Creador y Redentor, en la “gracia del Espíritu Santo”, cuya “efusión” sobre los esposos invoca el celebrante en el rito del matrimonio. Sin esta “efusión” sería verdaderamente difícil comprender todo esto y cumplirlo como vocación del hombre. Y sin embargo, ¡tanta gente lo intuye! Tantos hombres y mujeres hacen propia esta verdad llegando a entrever que sólo en ella encuentran “la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6). Sin esta verdad, la vida de los esposos no llega a alcanzar un sentido plenamente humano. He aquí por qué la Iglesia nunca se cansa de enseñar y de testimoniar esta verdad. Aun manifestando comprensión materna por las no pocas y complejas situaciones de crisis en que se ha- llan las familias, así como por la fragilidad moral de cada ser humano, la Iglesia está convencida de que debe permanecer absolutamente fiel a la verdad sobre el amor humano; de otro modo, se traicionaría a sí misma. En efecto, abandonar esta verdad sal- vífica sería como cerrar “los ojos del corazón” (cf. Ef 1, 18), que, en cambio, deben permanecer siempre abiertos a la luz con que el Evangelio ilumina las vicisitudes humanas (cf. 2 Tim 1, 10).La conciencia de la entrega sincera de sí, mediante la cual el hombre “se encuentra plenamente a sí mismo”, ha de ser renovada sólidamente y garantizada constantemente, ante muchas formas de oposición que la Iglesia encuentra por parte de los sería verdaderampartidarios de una falsa civilización del progreso(77). La familia expresa siempre un nueva dimensión del bien para los hombres, y por esto suscita una nueva responsabilidad. Se trata de la res- ponsabilidad por aquel singular bien comúnen el cual se encuen- tra el bien del hombre: el bien de cada miembro de la comunidad familiar; es un bien ciertamente “difícil” (“bonum arduum”), pero atractivo.

63. Gaudium et Spes, 24.

64. Gen. 4, 1.

65. Gv. 16, 21.

66. Cfr. Ioannis Pauli PP. II Sollicitudo Rei Socialis, 25 [1987 12 30/25]

67. Ioannis Pauli PP. II Redemptor Hominis, 14; cfr. Ioannis Pauli PP. II Centesimus Annus, 53.

68. S. Irenaei Adversus Haereses, IV, 20, 7: PG 7, 1057; SCh 1002, 648-649.

69. Ioannis Pauli PP. II Centesimus Annus, 39. [1991 05 01/39]

70. Gv. 16, 21.

71. Gv. 16, 21.

72. Cfr. Gv. 13, 1.

73. Gv. 10, 10.

74. Gv. 14, 6.

75. Cfr. Ef. 1, 18.

76. Cfr. 2 Tm. 1, 10.

77. Cfr. Ioannis Pauli PP. II Sollicitudo Rei Socialis, 25 [1987 12 30/25]

1994 02 02a 0012

PATERNIDAD Y MATERNIDAD RESPONSABLES

12. Ha llegado el momento de aludir, en el entramado de la presente Carta a las Familias, a dos cuestiones relacionadas entre sí. Una, la más genérica, se refiere a la civilización del amor; la otra, más específica, se refiere a la paternidad y maternidad responsables.

Hemos dicho ya que el matrimonio entraña una singular responsabilidad para el bien común: primero el de los esposos, después el de la familia. Este bien común está representado por el hombre, por el valor de la persona y por todo lo que representa la medida de su dignidad. El hombre lleva consigo esta dimensión en cada sistema social, económico y político. Sin embargo, en el ámbito del matrimonio y de la familia esa responsabilidad se hace, por muchas razones, más “exigente” aún. No sin motivo la Constitución pastoral Gaudium et spes habla de “promover la dignidad del matrimonio y de la familia”. El Concilio ve en esta “promoción” una tarea tanto de la Iglesia como del Estado; sin embargo, en toda culturifíciles de rebelión y rechazo, pero al mismo tiempo tantas personas muy responsables y generosas. Mientras escribo esta Carta tengo presentes a todos estos esposos y les abrazo con mi afecto y mi oración.

78. Cfr. Pauli VI Humanae Vitae, 12 [1968 07 25/12]; Catechismus Catholicae Ecclesiae, n. 2366 [1992 10 11/2366].

81. Gaudium et Spes, 24.

1994 02 02a 0013

DOS CIVILIZACIONES

13. Amadísimas familias, la cuestión de la paternidad y de la maternidad responsables se inscribe en toda la temática de la “civilización del amor”, de la que deseo hablaros ahora. De lo expuesto hasta aquí se deduce claramente que la familia constituye la base de lo que Pablo VI calificó como “civilización del amor”83, expresión asumida después por la enseñanza de la Iglesia y considerada ya normal. Hoy es difícil pensar en una intervención de la Iglesia, o bien sobre la Iglesia, que no se refiera a la civilización del amor. La expresión se relaciona con la tradición de la “iglesia doméstica” en los orígenes del cristianismo, pero tiene una preciosa referencia incluso para la época actual.

Etimológicamente, el término “civilización” deriva efectivamente de “civis”, “ciudadano”, y subraya la dimensión política de la existencia de cada individuo. Sin embargo, el significado más profundo de la expresión “civilización” no es solamente político sino más bien “humanístico”. La civilización pertne al mundo (cf. Jn 16, 21) y, consiguientemente, porque los esposos llegan a ser padres. Civilización del amor significa “alegrarse con la verdad” (cf. 1 Co 13, 6); pero una civilización inspirada en una mentalidad consumista y antinatalista no es ni puede ser nunca una civilización del amor. Si la familia es tan importante para la civilización del amor, lo es por la particular cercanía e intensidad de los vínculos que se instauran en ella entre las personas y las generaciones. Sin embargo, es vulnerable y puede sufrir fácilmente los peligros que debilitan o incluso destruyen su unidad y estabilidad. Debido a tales peligros, las familias dejan de dar testimonio de la civilización del amor e incluso pueden ser su negación, una especie de antitestimonio. Una familia disgregada puede, a su vez, generar una forma concreta de “anticivilización”, destruyendo el amor en los diversos ámbitos en los que se expresa, con inevitables repercusiones en el conjunto de la vida social.

83. Cfr. Pauli VI Homilia de Anni Sancti conclusione, die 25 dec. 1975: Insegnamenti di Paolo VI, XIII (1975) 1564 ss.

84. Gaudium et Spes, 22.

89. Cfr. Gaudium et Spes, 47. [1965 12 07c/47]

1994 02 02a 0014

EL AMOR ES EXIGENTE

14. El amor, al que el apóstol Pablo dedicó un himno en la primera carta a los Corintios –amor “paciente”, “servicial”, y que “todo lo soporta” (1 Co 13, 4. 7)–, es ciertamente exigente. Su belleza está precisamente en el hecho de ser exigente, porque de este modo constituye el verdadero bien del hombre y lo irradia también a los demás. En efecto, el bien –dice santo Tomás–

es por su naturaleza “difusivo” (95). El amor es verdadero cuando crea el bien de las personas y de las comunidades, lo crea y lo da a los demás. Sólo quien, en nombre del amor, sabe ser exigente consigo mismo, puede exigir amor de los demás; porque el amor es exigente. Lo es en cada situación humana; lo es aún más para quien se abre al Evangelio. ¿No es esto lo que Jesús proclama en “su” mandamiento? Es necesario que los hombres de hoy descubran este amor exigente, porque en él está el fundamento verdaderamente sólido de la familia; un fundamento que es capaz de “soportar todo”. Según el Apóstol, el amor no es cappersonas” en la familia sea preparación para la “comunión de los santos”. Por esto la Iglesia confiesa y anuncia el amor que “todo lo soporta”, viendo en él, con san Pablo, la virtud “mayor” (cf. 1 Co 13, 7. 13). El Apóstol no pone límites a nadie. Amar es vocación de todos, también de los esposos y de las familias. En efecto, en la Iglesia todos están llamados igualmente a la perfección de la santidad (cf. Mt 5, 48)104.

95. S. Thomae Summa Theologiae, I, q. 5, a. 4, ad 2.

100. S. Thomae Summa Theologiae, I-IIae, q. 22.

104. Cfr. Mt. 5, 48; cfr. Lumen Gentium, 11. 40 et 41. [1964 11 21ª/11, 41]

1994 02 02a 0015

CUARTO MANDAMIENTO: “HONRA A TU PADRE Y A TU MADRE”

15. El cuarto mandamiento del Decálogo se refiere a la familia, a su cohesión interna; y, podría decirse, a su solidaridad.

En su formulación no se habla explícitamente de la familia; pero, de hecho, se trata precisamente de ella. Para expresar la comunión entre generaciones, el divino Legislador no encontró palabra más apropiada que ésta: “Honra...” (Ex 20, 12). Estamos ante otro modo de expresar lo que es la familia. Dicha formulación no la exalta “artificialmente”, sino que ilumina su subjetividad y los derechos que derivan de ello. La familia es una comunidad de relaciones interpersonales particularmente intensas: entre esposos, entre padres e hijos, entre generaciones. Es una comunidad que ha de ser especialmente garantizada. Y Dios no encuentra garantía mejor que ésta: “Honra”.

“Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar” (Ex 20, 12). Este mandamiento sigue a los tres preceptos fundamentales que atañen a la relación del hombre y del pueblo de Israel con Dios: “Shemá, Israel”, “Escucha, Israel. El Señor nuestro Dios es el único Señor” (Dt 6, 4). “No habrá para ti otros dio- ses delante de mí” (Ex 20, 3). Éste es el primer y mayor mandamiento del amor a Dios “por encima de todo”: él tiene que ser amado “con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza” (Dt 6, 5; cf. Mt 22, 37). Es significativo que el cuarto mandamiento se inserte precisamente en este contexto. “Honra a tu padre y a tu madre”, para que ellos sean para ti, en cierto modo, los representantes de Dios, quienes te han dado la vida y te han introducido en la existencia humana: en una estirpe, nación y cultura. Después de Dios son ellos tus primeros bienhechores. Si Dios es el único bueno, más aún, el Bien mismo, los padres participan singularmente de esta bondad suprema. Por tanto: ¡honra a tus padres! Hay aquí una cierta analogía con el culto debido a Dios.te sin referirse al amor a Dios y al prójimo. Y¿quién es más prójimo que los propios familiares, que los padres y que los hijos? ¿Es unilateral el sistema interpersonal indicado en el cuarto mandamiento? ¿Obliga éste a honrar sólo a los padres? Literalmente, sí; pero, indirectamente, podemos hablar también de la “honra” que los padres deben a los hijos. “Honra” quiere decir: reconoce, o sea, déjate guiar por el reconocimiento convencido de la persona, de la del padre y de la madre ante todo, y también de la de todos los demás miembros de la familia. La honra es una actitud esencialmente desinteresada. Podría decirse que es “una entrega sincera de la persona a la persona” y, en este sentido, la honra coincide con el amor. Si el cuarto mandamiento exige honrar al padre y a la madre, lo hace por el bien de la fa- milia; pero, precisamente por esto, presenta unas exigencias a los mismos padres. ¡Padres –parece recordarles el precepto divino–, actuad de modo que vuestro comportamiento merezca la honra (y el amor) por parte de vuestros hijos! ¡No dejéis caer en un “vacío moral” la exigencia divina de honra para vosotros! En definitiva, se trata pues de una honra recíproca. El mandamiento “honra a tu padre y a tu madre” dice indirectamente a los padres: Honrad a vuestros hijos e hijas. Lo merecen porque existen, porque son lo que son: esto es válido desde el primer momento de su concepción. Así, este mandamiento, expresando el vínculo íntimo de la familia, manifiesta el fundamento de su cohesión interior. El mandamiento prosigue: “para que se prolonguen tus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar” (Ex 20, 12). Este “para que” podría dar la impresión de un cálculo “utilitarista”: honrar con miras a la futura longevidad. Entre tanto, decimos que esto no disminuye el significado esencial del imperativo “honra”, vinculado por su naturaleza con una actitud desinteresada. Honrar nunca significa: “prevé las ventajas”. Sin embargo, no es difícil reconocer que de la actitud de honra recíproca, existente entre los miembros de la comunidad familiar, deriva también una ventaja de naturaleza diversa. La “honra” es ciertamente útil, como “útil” es todo verdadero bien. La familia realiza, ante todo, el bien del “estar juntos”, bien por excelencia del matrimonio (de ahí su indisolubilidad) y de la comunidad familiar. Se lo podría definir, además, como bien de los sujetos. En efecto, la persona es un sujeto y lo es también la familia, al estar constituida por personas que, unidas por un profundo vínculo de comunión, forman un único sujeto comu- nitario. Asimismo, la familia es sujeto más que otras instituciones sociales: lo es más que la nación, que el Estado, más que la sociedad y que las organizaciones internacionales. Estas sociedades, especialmente las naciones, gozan de subjetividad propia en la medida en que la reciben de las personas y de sus familias. ¿Son, éstas, observaciones sólo “teóricas”, formuladas con el fin de “exaltar” la familia ante la opinión pública? No, se trata más bien de otro modo de expresar lo que es la familia. Y esto se deduce también del cuarto mandamiento. Es una verdad que merece ser destacada y profundizada. En efecto, subraya la importancia de este mandamiento incluso para el sistema moderno de los derechos del hombre.Los ordenamientos institucionales usan el lenguaje jurídico. En cambio, Dios dice: “honra”. Todos los “derechos del hombre” son, en de- finitiva, frágiles e ineficaces, si en su base falta el imperativo: “honra”; en otras palabras, si falta el reconocimiento del hombre por el simple hecho de que es hombre, “este” hombre. Por sí solos, los derechos no bastan. Por tanto, no es exagerado afirmar que la vida de las naciones, de los Estados y de las organizaciones internacionales “pasa” através de la familia y “se fundamenta” en el cuarto mandamiento del Decálogo. La época en que vivimos, no obstante las múltiples Declaraciones de tipo jurídico que han sido elaboradas, está amenazada en gran medida por la “alienación”, como fruto de premisas “iluministas” según las cuales el hombre es “más” hombre si es “solamente” hombre. No es difícil descubrir cómo la alienación de todo lo que de diversas formas pertenece ¿Son, ésta la plena riqueza del hombre insidia nuestra época. Y esto re- percute en la familia. En efecto, la afirmación de la persona está relacionada en gran medida con la familia y, por consiguiente, con el cuarto mandamiento. En el designio de Dios la familia es, bajo muchos aspectos, la primera escuela del ser humano. ¡Sé hombre! –es el imperativo que en ella se transmite–, hombre como hijo de la patria, como ciudadano del Estado y, se dice hoy, como ciudadano del mundo. Quien ha dado el cuarto mandamiento a la humanidad es un Dios “benévolo” con el hombre, (filanthropos, decían los griegos). El Creador del uni- verso es el Dios del amor y de la vida. Él quiere que el hombre tenga la vida y la tenga en abundancia, como proclama Cristo (cf. Jn 10, 10): que tenga la vida ante todo gracias a la familia. Parece claro, pues, que la “civilización del amor” está estrechamente relacionada con la familia. Para muchos la civilización del amor constituye todavía una pura utopía. En efecto, se cree que el amor no puede ser exigido por nadie ni puede imponerse: sería una elección libre que los hombres pueden aceptar o rechazar. Hay parte de verdad en todo esto. Sin embargo, está el hecho de que Jesucristo nos dejó el mandamiento del amor, así como Dios había ordenado en el monte Sinaí: “Honra a tu padre y a tu madre”. Pues el amor no es una utopía: ha sido dado al hombre como un cometido que cumplir con la ayuda de la gracia divina. Ha sido encomendado al hombre y a la mujer, en el sa- cramento del matrimonio, como principio fontal de su “deber”, yes para ellos el fundamento de su compromiso recíproco: primero el conyugal, y luego el paterno y materno. En la celebración del sacramento, los esposos se entregan y se reciben recíprocamente, declarando su disponibilidad a acoger y educar la prole. Aquí están las bases de la civilización humana, la cual no puede definirse más que como “civilización del amor”. La familia es expresión y fuente de este amor; a través de ella pasa la corriente principal de la civilización del amor, que encuentra en la familia sus “bases sociales”. Los Padres de la Iglesia, en la tradición cristiana, han hablado de la familia como “iglesia doméstica”, como “pequeña iglesia”. Se referían así a la civilización del amor como un posible sistema de vida y de convivencia humana. “Estar juntos” como familia, ser los unos para los otros, crear un ámbito comunitario para la afirmación de cada hombre como tal, de “este” hombre concreto. A veces puede tratarse de personas con limitaciones físicas o psíquicas, de las cuales prefiere liberarse la sociedad llamada “progresista”. Incluso la familia puede llegar a compor- tarse como dicha sociedad. De hecho lo hace cuando se libra fá- cilmente de quien es anciano o está afectado por malformacio- nes o sufre enfermedades. Se actúa así porque falta la fe en aquel Dios por el cual “todos viven”(Lc 20, 38) y están llamados a la plenitud de la vida. Sí, la civilización del amor es posible, no es una utopía. Pero es posible sólo gracias a una referencia constante y viva a “Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien proviene toda paternidad en el mundo” (cf. Ef 3, 14-15); de quien proviene cada familia humana.

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LA EDUCACIÓN

16. ¿En qué consiste la educación? Para responder a esta pregunta hay que recordar dos verdades fundamentales. La primera es que el hombre está llamado a vivir en la verdad y en el amor. La segunda es que cada hombre se realiza mediante la entrega sincera de sí mismo. Esto es válido tanto para quien educa como para quien es educado. La educación es, pues, un proceso singular en el que la recíproca comunión de las personas está llena de grandes significados. El educador es una persona que “engendra” en sentido espiritual. Bajo esta perspectiva, la educación puede ser considerada un verdadero apostolado. Es

una comunicación vital, que no sólo establece una relación pro funda entre educador y educando, sino que hace participar a ambos en la verdad y en el amor, meta final a la que está llamado todo hombre por parte de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

La paternidad y la maternidad suponen la coexistencia y la interacción de sujetos autónomos. Esto es bien evidente en la madplea sin cesar para el bien de toda la familia humana.

113. Rituale Romanum, “Ordo celebrandi matrimonium”, n. 60, editio typica altera, p. 17.

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LA FAMILIA Y LA SOCIEDAD

17. La familia es una comunidad de personas, la célula social más pequeña y, como tal, es una institución fundamental para la vida de toda sociedad.

La familia como institución, ¿qué espera de la sociedad? Ante todo que sea reconocida en su identidad y aceptada en su naturaleza de sujeto social. Ésta va unida a la identidad propia del matrimonio y de la familia. El matrimonio, que es la base de la institución familiar, está formado por la alianza “por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole” (11)7. Sólo una unión así puede ser reconocida y confirmada como “matrimonio” en la sociedad. En cambio, no lo pueden ser las otras uniones interpersonales que no responden a las condiciones recordadas antes, a pesar de que hoy día se difunden, precisamente sobre este punto, corrientes bastante peligrosas para el futuro de la familia y de la misma sociedad.La familia está en el centro de todos estos problemas y cometidos: relegarla a un papel subalterno y secundario, excluyéndola del lugar que le compete en la sociedad, significa causar un grave daño al auténtico crecimiento de todo el cuerpo social.

117. Codex Iuris Canonici, can. 1055, 1 [1983 01 25/1055]; Catechismus Catholicae Ecclesiae, n. 1601 [1992 10 11/1601]

118. Gaudium et Spes, 74.

119. Cfr. Ioannis Pauli PP. II Centesimus Annus, 67.

120. Cfr. Ioannis Pauli PP. II Laborem Exercens, 19 [1981 09 14/19]

1994 02 02a 0018

II EL ESPOSO ESTÁ CON VOSOTROS

EN CANÁ DE GALILEA

18. Jesús, hablando un día con los discípulos de Juan, alude a una invitación para una boda y a la presencia del esposo entre los invitados: “El esposo está con ellos” (cf. Mt 9, 15). Indicaba así el cumplimiento, en su persona, de la imagen de Dios-esposo, ya utilizada en el Antiguo Testamento, para revelar plenamente el misterio de Dios como misterio de amor.

Presentándose como “esposo”, Jesús revela, pues, la esencia de Dios y confirma su amor inmenso por el hombre. Pero la elección de esta imagen ilumina indirectamente también la profunda verdad del amor esponsal. En efecto, usándola para hablar de Dios, Jesús muestra cómo la paternidad y el amor de Dios se reflejan en el amor de un hombre y de una mujer que se unen en matrimonio. Por esto, al comienzo de su misión, Jesús se encuentra en Caná de Galilea para participar en un banquete de bodas, junto con María y los primeros discípulos (cf. Jn 2, 1-11). Con ello trata de demostrar que la verdad de la familia está inscrita en la Revelación dgeneraciones y de los siglos.

El buen Pastor está con nosotros en todas partes. Igual que estaba en Caná de Galilea, como Esposo entre los esposos que se entregaban recíprocamente para toda la vida, el buen Pastor está hoy con vosotros como motivo de esperanza, fuerza de los corazones, fuente de entusiasmo siempre nuevo y signo de la victoria de la “civilización del amor”. Jesús, el buen Pastor, nos repite: No tengáis miedo. Yo estoy con vosotros. “Estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). ¿De dónde viene tanta fuerza? ¿De dónde procede la certeza de que tú, Hijo de Dios, estás con nosotros, aunque te hayan matado y hayas muerto como todo ser humano? ¿De dónde viene esta certeza? Dice el evangelista: “Los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1). Por esto, tú nos amas, tú que eres el primero y el último, el que vive; tú que estuviste muerto, pero ahora estás vivo para siempre (cf. Ap 1, 17-18).

1994 02 02a 0019

EL GRAN MISTERIO

19. San Pablo sintetiza el tema de la vida familiar con la expresión: “gran misterio” (cf. Ef 5, 32). Lo que escribe en la carta a los Efesios sobre el “gran misterio”, aunque está basado en el libro del Génesis y en toda la tradición del Antiguo Testamento, presenta, sin embargo, un planteamiento nuevo, que se desarrollará posteriormente en el magisterio de la Iglesia.

La Iglesia profesa que el matrimonio, como sacramento de la alianza de los esposos, es un “gran misterio”, ya que en él se manifiesta el amor esponsal de Cristo por su Iglesia. Dice san Pablo: “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra” (Ef 5, 25-26). El Apóstol se refiere aquí al bautismo, del cual trata ampliamente en la carta a los Romanos, presentándolo como participación en la muerte de Cristo para compartir su vida (cf. Rm 6, 3-4). En este sacramento el creyente nace como hombre nue da la posibilidad de participar en el “gran misterio”, ¿qué queda sino la sola dimensión temporal de la vida? Queda la vida temporal como terreno de lucha por la existencia, de búsqueda afanosa de la ganancia, la económica ante todo.

El “gran misterio”, el sacramento del amor y de la vida, que tiene su inicio en la creación y en la redención, y del cual es garante Cristo-esposo, ha perdido en la mentalidad moderna sus raíces más profundas. Está amenazado en nosotros y a nuestro alrededor. Que el Año de la familia, celebrado en la Iglesia, se convierta para los esposos en una ocasión propicia para descubrirlo y afirmarlo con fuerza, valentía y entusiasmo.

145. Cfr. S. Irenaei Adversus Haereses, III, 10, 2: PG 7, 873; SCh 211, 116-119; S. Athanasii, De Incarnatione Verbi, 54: PG 25, 191-192; S. Augustini, Sermo 185, 3: PL 38, 999; S. Augustini Sermo 194, 3: PL 38, 1016.

146. Cfr. Gv. 13, 1.

158. Cfr. Gaudium et Spes, 24.

160. Gaudium et Spes, 14.

161. Gaudium et Spes, 22.

1994 02 02a 0020

LA MADRE DEL AMOR HERMOSO

20. La historia del “amor hermoso” comienza en la Anunciación, con aquellas admirables palabras que el ángel dirigió a María, llamada a ser la Madre del Hijo de Dios. De este modo, Aquel que es “Dios de Dios y Luz de Luz” se convierte en Hijo del hombre; María es su Madre, sin dejar de ser la Virgen que “no conoce varón” (cf. Lc 1, 34). Como Madre-Virgen, María se convierte en Madre del amor hermoso. Esta verdad está ya revelada en las palabras del arcángel Gabriel, pero su pleno significado será confirmado y profundizado a medida que María siga al Hijo en la peregrinación de la fe (165).

La “Madre del amor hermoso” fue acogida por aquel que, según la tradición de Israel, ya era su esposo terrenal, José, de la estirpe de David. Él habría tenido derecho a considerar a la novia como su mujer y madre de sus hijos. Sin embargo, Dios interviene en esta alianza esponsal con su iniciativa: “José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíri de unidad y fuerza de la familia.

165. Cfr. Lumen Gentium, 56-59.

174. Cfr. Pontificii Consilii de Communicationibus Socialibus Instr. pastoralis Aetatis Novae, 7.

1994 02 02a 0021

EL NACIMIENTO Y EL PELIGRO

21. La breve narración de la infancia de Jesús nos refiere casi simultáneamente, de manera muy significativa, el nacimiento y el peligro que hubo de afrontar enseguida. Lucas relata las palabras proféticas pronunciadas por el anciano Simeón cuando el Niño fue presentado al Señor en el templo, cuarenta días después de su nacimiento. Simeón habla de “luz” y de “signo de contradicción”; después predice a María: “A ti misma una espada te atravesará el alma” (cf. Lc 2, 32-35). Sin embargo, Mateo se refiere a las asechanzas tramadas contra Jesús por Herodes: informado por los Magos, que habían ido de Oriente para ver al nuevo rey que debía nacer (cf. Mt 2, 2), se siente amenazado en su poder y, después de marchar ellos, ordena matar a todos los niños menores de dos años de Belén y alrededores. Jesús escapa de las manos de Herodes gracias a una particular intervención divina y a la solicitud paterna de José, que lo lleva junto con su Madre a Egipto, donde se quedarán hasta la muerte de Herodes. Después regresan a Nazaret, su ciudad natal, donde la Sagrada Familia inicia el largo período de una existencia escondida, que se desarrolla en el cumplimiento fiel y generoso de los deberes cotidianos (cf. Mt 2, 1-23; Lc 2, 39-52).

Reviste una elocuencia profética el hecho de que Jesús, desde su nacimiento, se encontrara ante amenazas y peligros. Ya desde niño es “signo de contradicción”. Elocuencia profética presenta, además, el drama de los niños inocentes de Belén, matados por orden de Herodes y, según la antigua liturgia de la Iglesia, partícipes del nacimiento y de la pasión redentora de Cristo” (50). Mediante su “pasión”, completan “lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1, 24).

En los evangelios de la infancia, el anuncio de la vida, que se hace de modo admirable con el nacimiento del Redentor, se contrapone fuertemente a la amenaza a la vida, una vida que abarca enteramente el misterio de la Encarnación y de la realidad divino-humana de Cristo. El Verbo se hizo carne (cf. Jn 1, 14), Dios se hizo hombre. A este sublime misterio se referían frecuentemente los Padres de la Iglesia: “Dios se hizo hombre, para que el hombre, en él y por medio de él, llegara a ser Dios” (184). Esta verdad de la fe es a la vez la verdad sobre el ser humano. Muestra la gravedad de todo atentado contra la vida del niño en el seno de la madre. Aquí, precisamente aquí, nos encontramos en las antípodas del “amor hermoso”. Pensando exclusivamente en la satisfacción, se puede llegar incluso a matar el amor, matando su fruto. Para la cultura de la satisfacción el “fruto bendito de tu seno” (Lc 1, 42) llega a ser, en cierto modo, un “fruto maldito”.

¿Cómo no recordar, a este respecto, las desviaciones que el llamado estado de derecho ha sufrido en numerosos países? Unívoca y categórica es la ley de Dios respecto a la vida humana. Dios manda: “No matarás” (Ex 20, 13). Por tanto, ningún legislador humano puede afirmar: te es lícito matar, tienes derecho a matar, deberías matar. Desgraciadamente, esto ha sucedido en la historia de nuestro siglo, cuando han llegado al poder, de manera incluso democrática, fuerzas políticas que han emanado leyes contrarias al derecho de todo hombre a la vida, en nombre de presuntas y aberrantes razones eugenésicas, étnicas o parecidas. Un fenómeno no menos grave, incluso porque consigue vasta conformidad o consentimiento de opinión pública, es el de las legislaciones que no respetan el derecho a la vida desde su concepción. ¿Cómo se podrían aceptar moralmente unas leyes que permiten matar al ser humano aún no nacido, pero que ya vive en el seno materno? El derecho a la vida se convierte, de esta manera, en decisión exclusiva de los adultos, que se aprovechan de los mismos parlamentos para realizar los propios proyectos y buscar sus propios intereses.

Nos encontramos ante una enorme amenaza contra la vida: no sólo la de cada individuo, sino también la de toda la civilización. La afirmación de que esta civilización se ha convertido, bajo algunos aspectos, en “civilización de la muerte” recibe una preocupante confirmación. ¿No es quizás un acontecimiento profético el hecho de que el nacimiento de Cristo haya estado acompañado del peligro por su existencia? Sí, también la vida de Aquel que al mismo tiempo es Hijo del hombre e Hijo de Dios estuvo amenazada, estuvo en peligro desde el principio, y sólo de milagro evitó la muerte.

Sin embargo, en los últimos decenios se notan algunos síntomas confortadores de un despertar de las conciencias, que afecta tanto al mundo del pensamiento como a la misma opinión pública. Crece, especialmente entre los jóvenes, una nueva conciencia de respeto a la vida desde su concepción; se difunden los movimientos pro-vida. Es un signo de esperanza para el futuro de la familia y de toda la humanidad.

181. In sacra eorum celebritatis liturgia, quae a saeculo V repetitur, Sanctos Innocentes adloquitur Ecclesia vocabulis describens eos poetae Prudentii (cir. 405): “Salvete, flores martyrum, quos lucis ipso in limine Christi insecutor sustulit, ceu turbo nascentes rosas”.

184. S. Athanasii De Incarnatione Verbi, 54: PG 25, 191-192.

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“... ME HABÉIS RECIBIDO”

22. ¡Esposos y familias de todo el mundo: el Esposo está con vosotros! El Papa desea deciros esto, ante todo, en el año que las Naciones Unidas y la Iglesia dedican a la familia. “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3, 16-17); “lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu... Tenéis que nacer de lo alto” (Jn 3, 6-7). Debéis nacer “de agua y de Espíritu” (Jn 3, 5). Precisamente vosotros, queridos padres y madres, sois los primeros testigos y ministros de este nuevo nacimiento del Espíritu Santo. Vosotros, que engendráis a vuestros hijos para la patria terrena, no olvidéis que al mismo tiempo los engendráis para Dios. Dios desea su nacimiento del Espíritu Santo; los quiere como hijos adoptivos en el Hijo unigénito que les da “poder de hacerse hijos de Dios” (Jn 1, 12). La obra de la salvación perdura en el mundo y se realiza mediante la Iglesia. Todo esto es obra del Hijo de Dios, el Esposo divino, que nos ha transmitido el reino del Padre y nos recuerda a nosotros, sus discípulos: “El reino de Dios ya está entre vosotros” (Lc 17, 21).

Nuestra fe nos enseña que Jesucristo, que “está sentado a la derecha del Padre”, vendrá para juzgar a vivos y muertos. Por otra parte, el evangelista Juan afirma que él fue enviado al mundo no “para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3, 17). Por tanto, ¿en qué consiste el juicio? Cristo mismo da la respuesta: El juicio “está en que vino la luz al mundo... El que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios” (Jn 3, 19. 21). Esto también lo ha recordado recientemente la encíclica Veritatis splendor194. ¿Cristo es, pues, juez? Tus propios actos te juzgarán a la luz de la verdad que tú conoces. Lo que juzgará a los padres y madres, a los hijos e hijas, serán sus obras. Cada uno de nosotros será juzgado sobre los mandamientos; también sobre los que hemos recordado en esta carta: cuarto, quinto, sexto y noveno. Sin embargo, cada uno será juzgado ante todo sobre el amor, que es el sentido y la síntesis de los mandamientos. “A la tarde te examinarán en el amor”, escribió san Juan de la Cruz (195). Cristo, redentor y esposo de la humanidad, “para esto ha nacido y para esto ha venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha su voz” (cf. Jn 18, 37). Él será el juez, pero del modo que él mismo ha indicado hablando del juicio final (cf. Mt 25, 31-46). El suyo será un juicio sobre el amor, un juicio que confirmará definitivamente la verdad de que el Esposo estaba con nosotros, sin que nosotros, quizás, lo supiéramos.

El juez es el Esposo de la Iglesia y de la humanidad. Por esto juzga diciendo: “Venid, benditos de mi Padre... Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis” (Mt 25, 34-36). Naturalmente esta relación podría alargarse y en ella podrían aparecer una infinidad de problemas, que afectan también a la vida conyugal y familiar. Podríamos encontrarnos también expresiones como éstas: “Fui niño todavía no nacido y me acogisteis, permitiéndome nacer; fui niño abandonado y fuisteis para mí una familia; fui niño huérfano y me habéis adoptado y educado como a un hijo vuestro”. Y también: “Ayudasteis a las madres que dudaban, o que estaban sometidas a fuertes presiones, para que aceptaran a su hijo no nacido y le hicieran nacer; ayudasteis a familias numerosas, familias en dificultad para mantener y educar a los hijos que Dios les había dado”. Y podríamos continuar con una relación larga y diferenciada, que comprende todo tipo de verdadero bien moral y humano, en el cual se manifiesta el amor. Ésta es la gran mies que el Redentor del mundo, a quien el Padre ha confiado el juicio, vendrá a cosechar: es la mies de gracias y obras buenas, madu rada bajo el soplo del Esposo en el Espíritu Santo, que nunca cesa de actuar en el mundo y en la Iglesia. Demos gracias por esto al Dador de todo bien.

Sabemos, sin embargo, que en la sentencia final, referida por el evangelista Mateo, hay otra relación, grave y aterradora: “Apartaos de mí... Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; era forastero, y no me acogisteis; estaba desnudo, y no me vestisteis” (Mt 25, 41-43). Y en esta relación se pueden encontrar también otros comportamientos, en los que Jesús se presenta también como el hom -bre rechazado. Así, él se identifica con la mujer o el marido abandonado, con el niño concebido y rechazado: “¡No me habéis recibido!” Este juicio pasa también a través de la historia de nuestras familias y de la historia de las naciones y de la humanidad. El “no me habéis recibido” de Cristo implica también a instituciones sociales, gobiernos y organizaciones internacionales.

Pascal escribió que “Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo” (200). La agonía de Getsemaní y la agonía del Gólgota son el culmen de la manifestación del amor. En una y otra se manifiesta el Esposo que está con nosotros, que ama siempre de nuevo, que “ama hasta el extremo” (cf. Jn 13, 1). El amor que hay en él y que de él va más allá de los confines de las historias personales o familiares, sobrepasa los confines de la historia de la humanidad.

Al final de estas reflexiones, queridos hermanos y hermanas, pensando en lo que, durante este Año de la familia, se proclamará desde diversas tribunas, quisiera renovar con vosotros la confesión hecha por Pedro a Cristo: “Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6, 68). Digamos juntos: ¡Tus palabras, Señor, no pasarán! (cf. Mc 13, 31). ¿Qué puede desearos el Papa al final de esta larga meditación sobre el Año de la familia? Desea que todos os veáis reflejados en estas palabras, que “son espíritu y son vida” (Jn 6, 63).

194. Cfr. Ioannis Pauli PP. II Veritatis Splendor, 84.

195. S. Ioannis a Cruce Verba lucis et amoris, 59.

200. Blaise Pascal, Pensées, “Le mystère de Jésus”, 553.

1994 02 02a 0023

“... ME HABÉIS RECIBIDO”

FORTALECIDOS EN EL HOMBRE INTERIOR

23. Doblo mis rodillas ante el Padre del cual toma nombre toda paternidad y maternidad “para que os conceda... que seáis fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior” (Ef 3, 16). Recuerdo gustoso estas palabras del Apóstol, a las que me he referido en la primera parte de la presente carta. Son, en cierto modo, palabras-clave. La familia, la paternidad y la maternidad caminan juntas, al mismo paso. A su vez, la familia es el primer ambiente humano en el cual se forma el “hombre interior” del que habla el Apóstol. La consolidación de su fuerza es don del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo.

El Año de la familia pone ante nosotros y ante la Iglesia un cometido enorme, no distinto del que concierne a la familia cada año y cada día, pero que en el contexto de este año adquiere particular significado e importancia. Hemos iniciado el Año de la familia en Nazaret, en la solemnidad de la Sagrada Familia; a lo largo de este año deseamos peregrinar a ese lugar de gracia, que es el santuario de la Sagrada Familia en la historia de la humanidad. Deseamos hacer esta peregrinación recuperando la conciencia del patrimonio de verdad sobre la familia, que desde el principio constituye un tesoro de la Iglesia. Es el tesoro que se acumula a partir de la rica tradición de la antigua alianza, se completa en la nueva y encuentra su expresión plena y emblemática en el misterio de la Sagrada Familia, en la cual el Esposo divino obra la redención de todas las familias. Desde allí Jesús proclama el “evangelio de la familia”. A este tesoro de verdad acuden todas las generaciones de los discípulos de Cristo, comenzando por los Apóstoles, de cuya enseñanza nos hemos aprovechado abundantemente en esta carta.

En nuestra época este tesoro es explorado a fondo en los documentos del concilio Vaticano II (206); interesantes análisis se han hecho también en los numerosos discursos que Pío XII dedica a los esposos (207); en la encíclica Humanae vitae de Pablo VI; en las intervenciones durante el Sínodo de los obispos dedicado a la familia (1980), y en la exhortación apostólica Familiaris con sortio. A estas intervenciones del Magisterio ya me he referido al principio. Si las menciono ahora es para destacar lo extenso y rico que es el tesoro de la verdad cristiana sobre la familia. Sin embargo, no bastan solamente los testimonios escritos. Mucho más importantes son los testimonios vivos. Pablo VI observaba que, “el hombre contemporáneo escucha de más buena gana a los testigos que a los maestros, o si escucha a los maestros es porque son testigos” (208). Es sobre todo a los testigos a quienes, en la Iglesia, se confía el tesoro de la familia: a los padres y madres, hijos e hijas, que a través de la familia han encontrado el camino de su vocación humana y cristiana, la dimensión del “hombre interior” (Ef 3, 16), de la que habla el Apóstol, y han alcanzado así la santidad. La Sagrada Familia es el comienzo de muchas otras familias santas. El Concilio ha recordado que la santidad es la vocación universal de los bautizados (210). En nuestra época, como en el pasado, no faltan testigos del “evangelio de la familia”, aunque no sean conocidos o no hayan sido proclamados santos por la Iglesia. El Año de la familia constituye la ocasión oportuna para tomar mayor conciencia de su existencia y su gran número.

A través de la familia discurre la historia del hombre, la historia de la salvación de la humanidad. He tratado de mostrar en estas páginas cómo la familia se encuentra en el centro de la gran lucha entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte, entre el amor y cuanto se opone al amor. A la familia está confiado el cometido de luchar ante todo para liberar las fuerzas del bien, cuya fuente se encuentra en Cristo, redentor del hombre. Es preciso que dichas fuerzas sean tomadas como propias por cada núcleo familiar, para que, como se dijo con ocasión del milenio del cristianismo en Polonia, la familia sea “fuerte de Dios” (211). He aquí la razón por la cual la presente carta ha querido inspirarse en las exhortaciones apostólicas que encontramos en los escritos de Pablo (cf. 1 Co 7, 1-40; Ef 5, 21-6, 9; Col 3, 25) y en las cartas de Pedro y de Juan (cf. 1 P 3, 1-7; Jn 2, 12-17). ¡Qué parecidas son, aunque en un contexto histórico y cultural distinto, las situaciones de los cristianos y de las familias de entonces y de ahora!

Os hago, pues, una invitación: una invitación dirigida especialmente a vosotros, queridos esposos y esposas, padres y madres, hijos e hijas. Es una invitación a todas las Iglesias particulares, para que permanezcan unidas en la enseñanza de la verdad apostólica; a los hermanos en el episcopado, a los presbíteros, a los institutos religiosos y personas consagradas, a los movimientos y asociaciones de fieles laicos; a los hermanos y hermanas, a los que nos une la fe común en Jesucristo, aunque no vivamos aún la plena comunión querida por el Salvador (213); a todos aquellos que, participando en la fe de Abraham, pertenecen como nosotros a la gran comunidad de los creyentes en un único Dios (214); a aquellos que son herederos de otras tradiciones espirituales y religiosas; a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

¡Que Cristo, que es el mismo “ayer, hoy y siempre” (cf. Hb 13, 8), esté con nosotros mientras doblamos las rodillas ante el Padre, de quien procede toda paternidad y maternidad y toda familia humana (cf. Ef 3, 14-15) y, con las mismas palabras de la oración al Padre, que él mismo nos enseñó, ofrezca una vez más el testimonio del amor con que nos “amó hasta el extremo” (Jn 13, 1)!

Hablo con la fuerza de su verdad al hombre de nuestro tiempo, para que comprenda qué grandes bienes son el matrimonio, la familia y la vida; y qué gran peligro constituye el no respetar estas realidades y una menor consideración de los valores supremos en los que se fundamentan la familia y la dignidad del ser humano.

Que el Señor Jesús nos recuerde estas cosas con la fuerza y la sabiduría de la cruz (cf. 1 Co 1, 17-24), para que la humanidad no ceda a la tentación del “padre de la mentira” (Jn 8, 44), que la empuja constantemente por caminos anchos y espaciosos, aparentemente fáciles y agradables, pero llenos realmente de asechanzas y peligros. Que se nos conceda seguir siempre a Aquel que es “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6).

Que sean éstos, queridísimos hermanos y hermanas, el compromiso de las familias cristianas y el afán misionero de la Iglesia durante este año, rico de singulares gracias divinas. Que la Sagrada Familia, icono y modelo de toda familia humana, nos ayude a cada uno a caminar con el espíritu de Nazaret; que ayude a cada núcleo familiar a profundizar su misión en la sociedad y en la Iglesia mediante la escucha de la Palabra de Dios, la oración y la fraterna comunión de vida. ¡Que María, Madre del amor hermoso, y José, custodio del Redentor, nos acompañen a todos con su incesante protección!

Con estos sentimientos bendigo a cada familia en el nombre de la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 2 de febrero, fiesta de la Presentación del Señor, del año 1994, décimo sexto de mi Pontificado.

JUAN PABLO II

[DP-14 (1994), 22-40]

205. Ef. 3, 16.

206. Cfr. speciatim Gaudium et Spes, 47-52. [1965 12 07c/47-52]

207. Praecipuam animam attentionem meretur Pii XII Allocutio ad participes Coetui Unionis Catholicae Italicae Obstetricum, die 29 oct. 1951: Discorsi e Radiomessaggi, XIII (1951) 333-353. [1951 10 29/1-71]

208. Cfr. Pauli VI Allocutio ad sodales “Consilii de Laicis”, die 2 oct. 1974: Insegnamenti di Paolo VI, XII (1974) 895.

210. Cfr. Lumen Gentium, 40.

211. Cfr. Card. Stefan Wyszyñski, Rodzina Bogiem silna, homilia enuntiata in Claro Monte, die 26 aug. 1961.

214. Cfr. Lumen Gentium, 16.