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[1599] • JUAN PABLO II (1978-2005) • LA INDISOLUBILIDAD DEL AMOR CONYUGAL

Saludo en el rezo del Ángelus, 10 julio 1994

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1. Continuando la reflexión dominical sobre la familia, en este año a ella dedicado, hoy deseo llamar vuestra atención sobre la plaga del divorcio, desgraciadamente tan difundida. Dicha plaga, aun cuando legalizada en muchos casos, no cesa por ello de representar una de las grandes derrotas de la humana civilización.

La Iglesia sabe que marcha contracorriente cuando enuncia el principio de la indisolubilidad del vínculo matrimonial. Todo el servicio que debe a la Humanidad le impone reafirmar constantemente dicha verdad, formulando un llamamiento a la voz de la conciencia que, incluso en medio de los condicionamientos más pesados, jamás se extingue en el corazón del hombre.

Sé perfectamente que este aspecto de la ética del matrimonio se encuentra entre los más exigentes, y a veces se producen situaciones matrimoniales verdaderamente difíciles, cuando no ciertamente dramáticas. La Iglesia pretende tener conocimiento de estas situaciones con la misma actitud de Cristo misericordioso. Dichas situaciones explican que hasta en el Antiguo Testamento el valor de la indisolubilidad se hubiera ofuscado hasta el punto de que era tolerado el divorcio. Jesús explicó la concesión de la ley mosaica con “la dureza del corazón”, y no dudó en proponer nuevamente en toda su fuerza el designio original de Dios, reflejado en el libro del Génesis: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre; y se adherirá a su mujer, y vendrán a ser los dos una sola carne” (Gn 2, 24), añadiendo: “Por tanto, lo que Dios unió no lo separe el hombre” (Mt 19, 6).

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2. Alguien podría objetar que semejante discurso solamente es comprensible y válido en el seno de un horizonte de fe. ¡No es así! Es verdad que para los discípulos de Cristo, la indisolubilidad es ulteriormente corroborada por el carácter “sacramental” del matrimonio, señal de la alianza esponsal entre Cristo y su Iglesia. Pero este “gran misterio” (cfr. Ef 5, 32) no excluye, más bien supone la exigencia ética de la indisolubilidad incluso en el plano de la ley natural. Es, desgraciadamente, la “dureza del corazón”, denunciada por Jesús, la que continúa haciendo difícil la percepción universal de esta verdad, o señalando casos en los que aparece casi como imposible de vivir.

Sin embargo, cuando se razona con serenidad y mirando hacia el ideal, no es difícil estar de acuerdo en que la perennidad del vínculo matrimonial brota de la esencia misma del amor y de la familia. Se nos ama verdaderamente y hasta el fondo, solamente cuando se nos ama para siempre, en la alegría y en el dolor, en la buena y en la mala suerte. ¿Acaso los mismos hijos no tienen una necesidad extrema de la unión indisoluble de los propios padres, y muchas veces no son acaso ellos mismos las primeras víctimas del drama del divorcio?

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3. Que la Santa Familia de Nazaret, en la cual Jesús, María y José hicieron una experiencia ejemplar de amor sobrenatural y humano, sea modelo para todas las familias. Que María Santísima asista a los matrimonios en crisis, ayudándoles a encontrar nuevamente la lozanía del primer amor. Que este Año de la familia no pase en vano, y permita a todos redescubrir la maravillosa belleza del designio de Dios.

[E 54 (1994), 1171]